
Alemania envía dos buques al mar Rojo para una posible misión de desminado en Ormuz
La operación, enmarcada en la misión europea Aspides, busca estabilizar el estratégico estrecho tras el acuerdo entre Washington y Teherán, aunque Irán reclama la competencia exclusiva sobre su reapertura.
La fragata de desminado Fulda y el buque de apoyo Mosel, ambos de la Armada alemana, navegan ya por el canal de Suez rumbo al mar Rojo como avanzadilla de una eventual misión militar en el estrecho de Ormuz. Así lo confirmó el ministro de Defensa, Boris Pistorius, a su llegada a una reunión de la OTAN en Bruselas, apenas horas después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, firmara un acuerdo con Irán para poner fin a un conflicto que ha perturbado el tráfico marítimo y el suministro energético mundial. La iniciativa, según fuentes europeas, responde a la urgente necesidad de desplegar buques dragaminas que garanticen la libre navegación por uno de los corredores petroleros más sensibles del planeta.
Desde la óptica de Berlín, el movimiento de las embarcaciones no requiere por ahora un mandato específico del Bundestag, ya que se realiza bajo el paraguas de la misión Aspides de la Unión Europea, diseñada para proteger la libertad de navegación en la región. No obstante, el ministro Pistorius subrayó que cualquier participación directa en operaciones de remoción de minas necesitará luz verde parlamentaria y, sobre todo, la aprobación expresa de Irán y Omán, países ribereños del estrecho. La condicionalidad refleja la cautela europea ante un escenario que depende estrechamente de la evolución de las conversaciones entre Washington y Teherán, aún en una fase incipiente.
La respuesta desde Teherán no se hizo esperar. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní, Esmaeil Baghaei, declaró que la reapertura del paso estratégico es “exclusiva responsabilidad de Irán”, conforme a lo pactado en el memorando de entendimiento, y advirtió que “cualquier intervención extranjera solo complicará la situación”. Esta postura, difundida por la cadena qatarí Al Jazeera, introduce un elemento de fricción diplomática: mientras Occidente se prepara para actuar como garante de la seguridad marítima, la República Islámica reivindica su soberanía y su capacidad técnica para despejar las vías navegables sin injerencias externas.
Para las capitales latinoamericanas y para España, la estabilidad de Ormuz es un asunto de interés estratégico indirecto pero crucial. La interrupción del tránsito por el estrecho dispara los precios del crudo y del gas natural licuado, con efectos en cadena sobre la inflación y el crecimiento económico global. Analistas en Madrid y Buenos Aires observan con atención el despliegue alemán, que consideran un paso prudente dentro de un marco multilateral, pero advierten que cualquier operación unilateral o percibida como una imposición externa podría reavivar las tensiones en una región ya castigada por sucesivos ciclos de conflicto.
El futuro inmediato de la misión dependerá, por tanto, de la compleja triangulación entre Bruselas, Washington y Teherán. La presencia naval europea en el mar Rojo es, por ahora, una señal de disposición a contribuir a la seguridad colectiva, pero su transformación en una fuerza de desminado activa exigirá un delicado equilibrio diplomático. Mientras los dragaminas avanzan hacia el sur, la comunidad internacional contiene la respiración: la reapertura de Ormuz es una prueba de fuego para la credibilidad del reciente acuerdo y para la capacidad de las potencias regionales de asumir sus responsabilidades sin desencadenar nuevas dinámicas de intervención.
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Teherán advierte que cualquier injerencia militar extranjera en el estrecho de Ormuz es innecesaria y solo complicará la situación, insistiendo en que la reapertura del paso corresponde exclusivamente a Irán según lo acordado.
Tras el acuerdo de paz entre Washington y Teherán, Alemania está trasladando dos buques al mar Rojo para preparar una posible misión de remoción de minas en el estrecho de Ormuz, y Berlín subraya que cualquier operación requiere la aprobación de Irán y Omán.
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