
Unidad, división y ciudadanía: los debates que recorren las democracias
Desde una sentada parlamentaria en Teherán hasta el triunfo electoral de un candidato en Colombia, distintas sociedades discuten los límites de la cohesión, la responsabilidad cívica y el lenguaje de la inclusión.
El 25 de octubre, un grupo de diputados iraníes protagonizó una sentada en el Parlamento para exigir el regreso de la cámara a sus funciones de legislación y supervisión, según reportó la agencia Khabar Online. El representante Jafarí-Azar advirtió que, en el actual contexto regional, cualquier concentración —incluso con intenciones legítimas— podía ser instrumentalizada por “el enemigo” para fomentar la división interna. Desde la óptica de Teherán, la única movilización que fortalece al país es la participación en ceremonias nacionales y religiosas, un argumento que subraya la prioridad oficial de preservar la cohesión frente a las presiones externas.
En América Latina, la discusión sobre la unidad ha tomado un cariz distinto tras la reciente victoria electoral de Abelardo de la Espriella en Colombia. Analistas en Bogotá señalan que el nuevo mandatario ha prometido medidas como recortar la justicia transicional, revertir la reforma agraria y militarizar el país, lo que ha reavivado el debate sobre si la reconciliación nacional es un valor democrático o un llamado a la subordinación. Desde sectores progresistas se argumenta que la democracia no exige eliminar el conflicto, sino tramitarlo institucionalmente, y que la verdadera cohesión reside en el respeto a la división legítima.
En el norte de Europa, el debate se centra en el lenguaje de la ciudadanía. En Suecia, el endurecimiento de las políticas migratorias con apoyo del partido Demócratas de Suecia ha generado un clima de mayor escrutinio hacia las personas de origen extranjero. Voces de la sociedad civil sueca critican el uso de términos como “inmigrante de tercera generación” y reclaman que el criterio de pertenencia sea exclusivamente el de la ciudadanía, no el origen étnico o religioso. Paralelamente, otros sectores lamentan que el debate político esté dominado por minorías ruidosas y que los “ciudadanos comunes y sensatos” se hayan replegado, debilitando la representatividad democrática.
En Nigeria, el foco se desplaza hacia la responsabilidad individual. Comentaristas en Lagos sostienen que muchos de los problemas del país —corrupción, degradación ambiental, inseguridad— no solo son imputables al Gobierno, sino que se ven reforzados por las decisiones cotidianas de los ciudadanos. La falta de disciplina cívica, la débil conciencia de responsabilidad y la tendencia a exigir soluciones sin asumir deberes propios son, según esta perspectiva, factores que perpetúan la crisis.
Estos debates, aunque anclados en realidades nacionales muy distintas, coinciden en un punto: la definición de quién pertenece a la comunidad política y qué se espera de sus miembros. Mientras en Irán la prioridad es blindar la unidad frente a la amenaza exterior, en Colombia se discute si la unidad es compatible con la oposición democrática. En Suecia se revisa el vocabulario de la inclusión, y en Nigeria se reclama una ciudadanía más activa y responsable. El dossier permanece abierto en todos los frentes, sin que se vislumbren consensos inmediatos.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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La democracia funciona mejor cuando está representada por una amplia mezcla de gente común y sensata, no por minorías ruidosas y descontentas. Sin embargo, el debate público se ha endurecido, con un lenguaje y políticas cada vez más severos hacia las personas de origen extranjero, respaldados ahora incluso por fuerzas tradicionalmente progresistas, lo que genera alarma por una deriva excluyente.
En tiempos de presión externa y dificultades económicas, la unidad nacional es un imperativo absoluto. Cualquier forma de protesta o plantón, incluso de parlamentarios, corre el riesgo de dar al enemigo la oportunidad de sembrar división. Solo las concentraciones religiosas y nacionales fortalecen al país, y cada palabra pública debe estar marcada por la responsabilidad y la equidad para preservar la cohesión social.
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