
Trump amenaza con “terminar” el T-MEC pero deja abierta la puerta a una posible firma
El presidente estadounidense siembra incertidumbre sobre el futuro del acuerdo trilateral a días del plazo de revisión, mientras Canadá y México insisten en una extensión hasta 2042.
En una nueva sacudida a la arquitectura comercial de América del Norte, Donald Trump declaró desde París que preferiría “terminar” el T-MEC, aunque acto seguido matizó que “es posible que lo firme”. Las declaraciones, realizadas al término de la cumbre del G7, reflejan la ambivalencia estratégica del mandatario: por un lado, insistió en que Estados Unidos “está mejor” sin un acuerdo trilateral; por otro, evitó cerrar definitivamente la puerta a la renovación. “La principal razón por la que lo impulsé fue porque el TLCAN no tenía una cláusula de salida”, afirmó, en referencia al tratado que reemplazó en 2020 y al que calificó como “el peor acuerdo comercial jamás hecho”.
El contexto inmediato es la revisión obligatoria que el propio T-MEC establece a los seis años de su entrada en vigor. Antes del 1 de julio, los tres países deben notificar si desean extender el pacto por otros 16 años —hasta 2042— o, por el contrario, iniciar un ciclo de revisiones anuales que culminaría con su expiración en 2036. Canadá y México ya han enviado cartas a Washington manifestando formalmente su intención de prolongar el acuerdo. La administración Trump, sin embargo, no ha fijado una postura oficial, y el propio presidente había señalado semanas atrás que no buscaba renovarlo. El silencio estadounidense, combinado con las declaraciones en París, deja el futuro del tratado en un limbo inédito desde su negociación.
Desde la óptica de Ottawa y Ciudad de México, las palabras de Trump se interpretan como una táctica de presión para renegociar términos en sectores clave como el automotriz o las reglas de origen, más que como una voluntad real de ruptura. Analistas canadienses advierten que la integración de las cadenas de suministro hace impensable una salida abrupta sin graves costos para las tres economías. En Madrid, observadores europeos ven en este episodio un eco de la política comercial errática de Trump, que combina amenazas de aranceles con una retórica de “desacoplamiento” que ya ha tensionado las relaciones transatlánticas. La prensa mexicana, por su parte, subraya la contradicción entre el deseo presidencial de liquidar el acuerdo y la realidad de una interdependencia manufacturera que convierte al T-MEC en un pilar del nearshoring.
El margen de maniobra es estrecho. Si Washington no confirma la extensión antes del plazo, el acuerdo no colapsa de inmediato, pero entra en una fase de incertidumbre anual que desincentivaría las inversiones transfronterizas. La cláusula de revisión, concebida originalmente como un mecanismo de modernización periódica, se ha transformado en un arma de negociación que el ocupante de la Casa Blanca esgrime sin disimulo. Mientras Ottawa y Ciudad de México apuestan por la continuidad, la decisión final parece reposar en un cálculo político más amplio: si la amenaza de “terminar” el T-MEC es solo el preludio de nuevas exigencias o el primer paso hacia una fragmentación comercial que redefiniría el mapa económico de América del Norte.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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La prensa anglosajona informa sobre las declaraciones contradictorias de Trump sobre el CUSMA, señalando su preferencia por terminar el acuerdo aunque deja abierta la posibilidad de firmarlo. Destacan la fecha límite del 1 de julio y el hecho de que Canadá y México ya han solicitado una prórroga de 16 años, mientras que EE.UU. sigue sin comprometerse. El tono es escéptico pero pragmático, centrado en la incertidumbre para el comercio norteamericano.
Los medios latinoamericanos enfatizan la insistencia de Trump en que a EE.UU. le iría mejor sin el T-MEC, al tiempo que señalan con ironía su disposición a firmar. Subrayan el desequilibrio de poder, citando la afirmación de Trump de que Canadá y México necesitan más a EE.UU. que viceversa. La cobertura refleja preocupación y escepticismo sobre el futuro del acuerdo trilateral, con un dejo de resignación.
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