
Presupuestos nacionales apuestan por la educación y la salud, pero la ejecución y la equidad siguen siendo el desafío
Desde Malasia hasta Italia, los gobiernos aumentan las partidas para formación, sanidad e investigación, aunque persisten dudas sobre la eficacia del gasto y la inclusión de los más vulnerables.
El primer ministro malasio, Anwar Ibrahim, presentó un presupuesto federal récord de 421.000 millones de ringgits para 2025, un incremento del 3,3 % que consolida la apuesta de su gobierno por el desarrollo social como motor de crecimiento. La partida más abultada, 64.100 millones, se destina a Educación, seguida de 45.270 millones para Sanidad, un 9,9 % más que el año anterior. En el capítulo sanitario, el aumento de las dietas por guardia de los médicos públicos —de 55 a 65 ringgits por hora— busca responder a una demanda histórica del personal, mientras el ejecutivo insta a mejorar infraestructuras básicas como los aseos en los hospitales. Al mismo tiempo, Anwar anunció una futura ley de arresto domiciliario que podría beneficiar al ex primer ministro Najib Razak, condenado por corrupción, y una racionalización de los subsidios a la gasolina RON95 prevista para mediados de 2025: el 85 % de los ciudadanos seguirá recibiendo ayuda, pero los más ricos y los extranjeros quedarán excluidos.
En el sudeste asiático, la competencia por el acceso a la universidad empuja a las escuelas a ir más allá del expediente académico. Colegios como Binus School Bekasi, en Indonesia, han reforzado el acompañamiento a sus estudiantes con talleres de liderazgo, elaboración de portafolios y simulacros de entrevistas para becas, logrando admisiones en instituciones de élite como la Universidad de Indonesia, la Universidad de Sydney o Purdue. Esta tendencia refleja una presión creciente que también se observa en América Latina, donde la preparación para el ingreso universitario combina cada vez más mérito académico con habilidades blandas y exposición internacional. Sin embargo, los analistas del sudeste asiático advierten que sin una expansión paralela de la oferta pública de calidad, la competencia puede profundizar las brechas entre quienes pueden costear un acompañamiento privado y quienes dependen exclusivamente de la escuela.
La misma tensión entre inversión y equidad recorre el presupuesto educativo de Bangladesh. El gobierno ha elevado la asignación para el sector hasta el 2 % del PIB, un salto significativo desde el 1,39 % anterior, con un discurso que sitúa la educación como “núcleo del progreso nacional”. No obstante, analistas de Daca señalan que el verdadero reto no es el volumen de recursos, sino la capacidad de ejecutarlos con planes rigurosos que eviten la dispersión y lleguen a las zonas rurales, donde la calidad de la enseñanza sigue muy por detrás de los estándares urbanos. Esta preocupación resuena en América Latina, donde países como Guatemala u Honduras destinan porcentajes similares del PIB a educación pero obtienen resultados mediocres en pruebas internacionales debido a problemas de gestión y corrupción.
En Italia, el debate se ha desplazado hacia la investigación y el desarrollo. Con un gasto del 1,38 % del PIB, el país se sitúa casi un punto por debajo de la media de la Unión Europea, una brecha que, según expertos en Bruselas, lastra la competitividad industrial y la autonomía estratégica del bloque. La burocracia universitaria y la lentitud en la asignación de fondos agravan el problema: proyectos científicos quedan atrapados en laberintos administrativos mientras otras economías avanzan. La paradoja italiana —excelentes investigadores, sistemas ineficientes— encuentra ecos en España, donde la comunidad científica denuncia desde hace años que la financiación intermitente y la rigidez laboral frenan la innovación pese al talento disponible.
En conjunto, estos presupuestos dibujan un mapa global de prioridades crecientes hacia la educación, la salud y la investigación, pero también revelan que el dinero por sí solo no basta. La racionalización de subsidios en Malasia, la revitalización de escuelas en Indonesia, el aumento de fondos en Bangladesh o la presión para simplificar la burocracia en Italia comparten un mismo desafío: traducir las partidas presupuestarias en servicios que lleguen a todos, especialmente a los más alejados del poder. La experiencia latinoamericana, con décadas de inversión educativa que no siempre se reflejan en movilidad social, ofrece una advertencia pertinente: sin mecanismos de rendición de cuentas y sin políticas que acompañen el gasto con reformas institucionales, el dinero puede alimentar inercias en lugar de transformar realidades.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El gobierno ha presentado un presupuesto récord con fuertes aumentos para educación y sanidad, apostando por el capital humano. Sin embargo, persisten las preocupaciones por el estado de las instalaciones públicas y la capacidad de ejecutar los planes. Una controvertida propuesta de arresto domiciliario también ha generado dudas.
El nuevo presupuesto eleva el gasto en educación al 2% del PIB, un aumento bienvenido. Pero sin una planificación y ejecución adecuadas, los fondos adicionales podrían no traducirse en mejoras reales del desarrollo humano.
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