
La misa bajo los Alpes que reabrió una herida de 38 años en la Iglesia
La Fraternidad San Pío X consagró a cuatro obispos sin permiso papal en Écône, Suiza, y el Vaticano respondió con una excomunión masiva que alcanza a los fieles que se adhieran formalmente al grupo.
El incienso se mezclaba con el olor a tierra húmeda de los Alpes mientras cuatro hombres se postraban boca abajo sobre almohadones de terciopelo rojo. En una pradera de Écône, la misma donde en 1988 el arzobispo Marcel Lefebvre desafió a Juan Pablo II, varios centenares de sacerdotes con velas y cruces avanzaban en procesión ante unos quince mil fieles llegados de todo el mundo. La ceremonia, transmitida en directo por internet en siete idiomas, duró más de cinco horas y se celebró íntegramente en latín, con los oficiantes de espaldas a la asamblea. Al día siguiente, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe firmó el decreto que declaraba a los seis obispos implicados —los dos consagrantes y los cuatro recién ordenados— incursos en excomunión latae sententiae, la pena más grave del derecho canónico, por un acto que calificó de “naturaleza cismática”.
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), fundada en 1970 por el arzobispo francés Marcel Lefebvre, rechaza las reformas del Concilio Vaticano II, en particular la misa en lenguas vernáculas, el diálogo interreligioso y la libertad de culto. El grupo, que cuenta con unos 750 sacerdotes y cerca de 600.000 seguidores en más de 75 países, defiende la liturgia tridentina y una interpretación estricta de la tradición doctrinal. Desde la óptica de analistas eclesiásticos en Roma, la decisión de consagrar a los nuevos obispos —dos franceses, un estadounidense y un suizo— sin mandato pontificio constituye una reedición deliberada del cisma de 1988, cuando Lefebvre fue excomulgado por Juan Pablo II. Aquellas sanciones fueron levantadas por Benedicto XVI en 2009 como gesto de reconciliación, pero la FSSPX nunca aceptó plenamente el Concilio y permaneció en una situación canónica irregular.
El decreto del Vaticano fue más allá de lo esperado. No solo confirmó la excomunión automática de los seis prelados, sino que declaró en cisma a todos los sacerdotes de la Fraternidad y advirtió que los laicos que “adhieran formalmente” al grupo incurrirán en la misma pena. Además, revocó las concesiones otorgadas por el papa Francisco en 2015, declarando inválidos los sacramentos de la penitencia y el matrimonio administrados por sacerdotes de la FSSPX. En la nota explicativa, el Dicasterio subrayó que “los múltiples intentos de reconducir a los adherentes al movimiento iniciado por monseñor Lefebvre a la plena comunión con la Iglesia católica se han revelado vanos”. La dureza del texto, firmado por el cardenal Víctor Manuel Fernández, refleja, según observadores en Madrid y Buenos Aires, el agotamiento de la paciencia vaticana tras décadas de diálogo infructuoso.
La ceremonia de Écône congregó a una multitud que ondeaba banderas de diversas nacionalidades y adquiría recuerdos como gorras conmemorativas y botellas de vino suizo con la imagen de una mitra. Para los fieles lefebvrianos, la ordenación era un acto de supervivencia: la Fraternidad solo contaba con dos obispos en activo, ambos ancianos. “Estábamos muy preocupados porque nuestros obispos envejecían; ahora tenemos seis y los dos antiguos pueden descansar”, declaró un sacerdote estadounidense a la prensa. Sin embargo, desde la perspectiva de la Santa Sede, la consagración sin autorización papal representa una ruptura de la comunión con el sucesor de Pedro y, por tanto, un cisma formal. El papa León XIV, en una carta enviada dos días antes, había suplicado “de todo corazón” que desistieran, calificando el acto de “pecado de extrema gravedad”.
Al caer la tarde sobre el valle del Ródano, los nuevos obispos impartieron su primera bendición a los fieles que se arrodillaban sobre la hierba. La Fraternidad emitió un comunicado en el que lamentaba no haber sido recibida por el Papa para exponer “filialmente los graves motivos” de su decisión, pero afirmó que la “profunda alegría” de las consagraciones no podía ser empañada. Mientras, en las redes sociales y en las capillas de la FSSPX desde São Paulo hasta París, los fieles se enfrentaban a una disyuntiva que la Iglesia no planteaba con esta severidad desde hacía casi cuatro décadas: permanecer en una comunidad declarada cismática o regresar a la comunión plena con Roma.
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