
Verano, pantallas y el arte de aburrirse: cómo el mundo intenta rescatar la infancia del scroll
Mientras las recomendaciones médicas se multiplican y los gobiernos legislan, las familias negocian cada día la frontera entre el juego libre y el entretenimiento digital.
En una tarde de julio, en el parque Stadsparken de Uppsala, Hanna Schierbeck observa a su hijo de seis años y a su hija de nueve correr entre los columpios antes de una visita al hospital pediátrico. Los niños están de vacaciones, y la madre sabe que el verano trae consigo una ambivalencia familiar para millones de hogares: el tiempo libre es infinito, pero también lo es la tentación de las pantallas. «Es más fácil porque se puede hacer más al aire libre, pero más difícil porque se está más en casa», explica. Su reflexión resume el dilema de una era en la que la Agencia de Salud Pública de Suecia acaba de recomendar que ningún menor de trece años posea un teléfono móvil.
Esa misma inquietud recorre los despachos legislativos de todo el planeta. En Indonesia, el gobierno ha aprobado el reglamento PP TUNAS, que prohíbe a los menores de dieciséis años crearse cuentas en redes sociales de alto riesgo y obliga a las plataformas a incorporar la seguridad desde el diseño. Desde Bruselas, la Comisión Europea impulsa un acceso escalonado por edades que el neurobiólogo alemán Martin Korte aplaude pero también observa con escepticismo: «Puede que tarde demasiado en entrar en vigor; quizá habría sido mejor que algunos estados miembros empezaran a probar por su cuenta qué funciona». En América Latina, el debate se inclina hacia la escuela. El sociólogo argentino Santiago Morales defiende que los centros educativos se declaren «zonas libres de celulares», mientras la Sociedad Brasileña de Pediatría establece límites diarios precisos –hasta una hora para los más pequeños, dos horas entre los seis y los diez años, tres para los adolescentes– y la Sociedad Argentina de Pediatría aconseja no dar un smartphone propio antes de los trece o catorce años.
Pero las advertencias van más allá del tiempo de uso. Médicos de los Emiratos Árabes Unidos alertan sobre el tech neck, la inclinación constante de la cabeza sobre los dispositivos que genera dolor cervical, cefaleas y, en casos graves, compresión nerviosa. Un estudio local reveló que el 37,7 % de los niños pasa más de siete horas diarias frente a una pantalla, y el 68,8 % de ellos no practica actividad física. A la factura postural se suma la deuda de sueño: la luz azul suprime la melatonina y los videojuegos mantienen el cerebro en alerta, explican pediatras brasileños. La contracara es una generación que, pese a estar hiperconectada, echa de menos el silencio. En aulas argentinas, los propios adolescentes preguntan a sus profesores cómo se conocían las parejas antes de los smartphones, con una curiosidad que delata cierta saturación de una vida que, como dice el educador Facundo Stazi, ha perdido «la hermosa oportunidad del olvido».
El espejo adulto no es alentador. Un análisis en la prensa argentina describe cómo la dificultad para mantener la atención se ha vuelto casi universal: se lee a medias mientras se chequea el teléfono, se mira una película contestando mensajes. La fragmentación que en los niños se lee como adicción en los mayores se disfraza de multitarea, pero el mecanismo cerebral es el mismo: cada notificación activa una descarga de dopamina que condiciona al cerebro a buscar estimulación constante. Los especialistas coinciden en que la regulación no basta; la clave está en el acompañamiento familiar. La ministra indonesia de Comunicación, Meutya Hafid, lo resume: «La normativa ayuda a los padres, pero no los sustituye». Y los psiquiatras infantiles argentinos insisten en que, más que policías digitales, los adultos deben ser referentes que ofrezcan «andamiaje»: proponer materias primas –una receta, una playlist, fotos artísticas– que transformen el consumo pasivo en creación activa.
Al caer la tarde en Uppsala, los hijos de Hanna Schierbeck regresan del parque sudorosos y distraídos. Por un rato, el móvil ha quedado olvidado en casa. El reto quizá no sea tanto prohibir las pantallas como redescubrir, verano tras verano, que la vida offline también tiene su algoritmo: un ritmo de juegos, aburrimiento y encuentros que ningún scroll puede replicar.
| Prensa europea continental | −0.30 | critical |
|---|---|---|
| Prensa latinoamericana | −0.20 | neutral |
| Prensa del Golfo árabe | −0.30 | critical |
Europa impone reglas estrictas a las redes sociales para proteger a los niños, porque no son juguetes.
Al presentar la regulación como una respuesta necesaria ya implementada por otros países, se normaliza la intervención estatal.
No menciona el papel de los padres ni las consecuencias físicas como el 'tech neck'.
Los padres deben guiar a sus hijos con empatía y límites, convirtiendo las vacaciones en oportunidades de conexión real.
Al contar historias de padres y ofrecer consejos prácticos, se crea un sentido de comunidad y responsabilidad compartida.
No menciona las iniciativas regulatorias de la UE ni las responsabilidades de las empresas tecnológicas.
Los médicos de los EAU advierten sobre el 'tech neck' en los niños, un problema de salud que no debe subestimarse durante las vacaciones de verano.
Al citar médicos y síntomas físicos, un problema de comportamiento se transforma en un problema médico objetivo.
No aborda la adicción psicológica ni las medidas regulatorias.
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