
Irán debuta en el Mundial entre protestas, visas expiradas y una orden de salida inmediata de EE.UU.
El equipo iraní empató 2-2 con Nueva Zelanda en Los Ángeles, pero las tensiones geopolíticas convirtieron su estreno en un calvario logístico y político.
El estreno de Irán en la Copa del Mundo 2026 quedó marcado por un empate 2-2 frente a Nueva Zelanda en el SoFi Stadium de Los Ángeles, pero el resultado deportivo pasó a un segundo plano ante la tormenta política y logística que envolvió a la delegación. Nada más concluir el encuentro, el equipo recibió la orden de abandonar territorio estadounidense de inmediato y regresar a su base de entrenamiento en Tijuana, México, sin la habitual noche de recuperación. El seleccionador Amir Ghalenoei denunció que su conjunto es “el más oprimido de la historia de los mundiales”, mientras que el capitán Mehdi Taremi calificó la situación de “un desastre” y lamentó la ausencia de parte del cuerpo técnico y directivos por denegaciones de visado.
El partido se disputó apenas un día después del anuncio de un acuerdo de paz entre Washington y Teherán para poner fin al conflicto armado iniciado en febrero, pero la tensión seguía latente dentro y fuera del estadio. La numerosa comunidad iraní-estadounidense de Los Ángeles convirtió las gradas en un hervidero de protestas contra el régimen de los ayatolás: ondearon banderas del león y el sol —prohibidas por la FIFA como símbolo político—, abuchearon el himno nacional y portaron camisetas con imágenes de manifestantes fallecidos en las revueltas recientes. Para muchos disidentes, el partido era una plataforma para visibilizar su oposición, y no faltaron quienes acudieron con la esperanza de ver perder a una selección que asocian con el poder teocrático.
Los problemas migratorios se acumularon desde antes del pitido inicial. Según medios oficiales iraníes, el extremo Mehdi Torabi solo disponía de un visado de entrada única, que expiró tras el partido, lo que pone en peligro su participación en el siguiente encuentro ante Bélgica. Además, el propio Taremi y el auxiliar Saeid Alhouei sufrieron “retrasos injustificados” en el control de pasaportes del aeropuerto de Los Ángeles, lo que demoró el vuelo de regreso a México. La federación iraní había tenido que trasladar su campamento de Arizona a Tijuana después de que las autoridades estadounidenses negaran el visado a una quincena de integrantes de la expedición, incluidos miembros del cuerpo técnico y del equipo de comunicación, y restringieran la estancia del resto a las horas estrictamente necesarias para disputar los partidos.
En ese clima, la visita del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, al vestuario iraní tras el empate adquirió un tono agridulce. El dirigente elogió a los jugadores por “escribir historia” y enviar “un mensaje fuerte al mundo”, pero el técnico Ghalenoei le respondió con un reclamo directo: “Quizá seamos la selección más oprimida de la historia de los mundiales”, y exigió explicaciones por los obstáculos que, a su juicio, desvirtúan la competición. La escena, recogida por medios de todos los continentes, refleja la encrucijada de un torneo que, por primera vez, tiene a un país anfitrión en guerra con uno de los participantes. Mientras la diplomacia intenta reconducir la relación bilateral, el combinado persa afronta sus siguientes duelos con la incertidumbre de si podrá contar con todos sus efectivos y con la sensación de estar compitiendo en condiciones desiguales.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Irán fue expulsado de Estados Unidos justo tras el pitido final, sin tiempo siquiera para recuperarse. El entrenador denunció un trato opresivo y calificó a su equipo como el más perseguido de todo el torneo. La orden de abandonar el país de inmediato parece una represalia política disfrazada de medida logística.
El entrenador iraní afirmó que al equipo se le ordenó abandonar Estados Unidos justo después del partido, aunque no dijo quién dio la orden. La plantilla esperaba pasar la noche en California para recuperarse, y el cambio repentino causó frustración. El episodio añade otra capa de fricción a un torneo ya politicamente cargado.
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