
Festivales, índices y finanzas: el tablero global del turismo halal
Mientras Malasia atrae viajeros con sus festivales culturales e Indonesia escala posiciones en el índice mundial, la cooperación islámica moviliza miles de millones en seguros y becas tecnológicas para consolidar un ecosistema transfronterizo.
Sobre la explanada del Bulatan Sultan Azlan Shah, en el estado malasio de Perak, el aroma del satay y el batik multicolor marcaban el pulso del Festival Cultural de Malaysia. El 28 de junio, el gobernador Saarani Mohamad inauguró cuatro días de danzas, artesanías y gastronomía ante cientos de visitantes. Era la réplica local de una estrategia nacional: mientras los turistas paseaban entre puestos de productos tradicionales, el viceministro Chiew Choon Man revelaba que el país ya había recibido 42,2 millones de visitantes internacionales en 2025, un 11,2 por ciento más que el año anterior, y que entre enero y mayo de 2026 la cifra ascendía a 17,5 millones. «La cultura no puede ser solo un legado del pasado, sino un motor económico dinámico», sostuvo, subrayando la alineación del plan estatal Perak Sejahtera 2030 con la política cultural nacional.
Apenas unas horas antes, a 1.500 kilómetros al sureste, en el Centro Internacional de Convenciones de Yakarta, se servía la cena de bienvenida del International Islamic Expo 2026. Allí, el tintineo de los cubiertos se mezclaba con conversaciones en árabe, inglés y bahasa. La viceministra Masruroh, responsable de transformación digital e innovación turística, abrió el foro de negocios que congregó a 119 expositores —45 de ellos internacionales— y a más de 3.800 compradores profesionales. El objetivo: consolidar a Indonesia como segundo destino mundial del turismo amigable para musulmanes, según el índice Global Muslim Travel Index 2026, solo superado por Malasia. «Es un momento para fortalecer alianzas y abrir nuevas colaboraciones en el turismo “muslim-friendly” y el ecosistema halal global», afirmó ante un auditorio donde se discutían desde rutas de peregrinación hasta líneas de crédito islámico.
Ese mismo índice le había valido a la provincia indonesia de Java Occidental el premio a la «Región más prometedora para el turismo musulmán» en la cumbre Halal In Travel de Singapur. Para analistas del sudeste asiático, el galardón no es un reconocimiento simbólico, sino la prueba de que el turismo halal —entendido no solo como viaje religioso, sino como una cadena que integra transporte, hotelería, gastronomía certificada, finanzas islámicas y productos de moda modesta— tiene la capacidad de irrigar economías enteras con cada visitante. Con más de 23 millones de visitantes domésticos en 2025, la provincia ejemplifica cómo la cultura local y las redes de pequeñas empresas pueden convertirse en eslabones de un circuito global.
La maquinaria institucional también se engrana en las peregrinaciones. Durante la misma exposición en Yakarta, el ministro de Haji y Umrah, Irfan Yusuf, anunció que su cartera priorizará en 2027 la expedición acelerada de visados mediante integración digital y la adecuación de albergues para ancianos y discapacitados. «La transformación debe sentirse en el sistema», dijo. Y si el viaje espiritual mueve multitudes, el financiamiento islámico mitiga riesgos: en Bakú, la Corporación Islámica de Seguro de Inversiones y Crédito a la Exportación (ICIEC) cerró acuerdos por más de mil millones de dólares durante las reuniones anuales del Banco Islámico de Desarrollo, con el objetivo de facilitar infraestructura, comercio e inversión en países miembros como Turquía, Nigeria o Uganda. Mientras, en Bangladesh, el mismo banco financia becas de tecnología para graduados de cualquier disciplina —con un índice de inserción laboral del 92 por ciento—, forjando la próxima generación de profesionales de un sector que, desde Yakarta hasta Bakú, se empeña en armar un rompecabezas económico con piezas de cultura, fe y crédito.
La noche caía sobre Meru Raya y los últimos visitantes del festival se fotografiaban con las linternas de papel que adornaban el recinto. En el mundo, mientras los turistas musulmanes realizaron 186 millones de viajes internacionales en 2025 —cifra que se proyecta alcanzará los 245 millones en 2030—, la hospitalidad con sello halal se ha convertido en un código compartido. No solo un certificado en la puerta de un restaurante, sino un entramado de acuerdos, índices y pasaportes que aspira a hacer del viajero un eslabón de una prosperidad regional con aroma a satay y a tinta de contrato.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Los gobiernos del sudeste asiático están cultivando activamente un ecosistema de turismo halal, utilizando grandes exposiciones y asociaciones estratégicas para atraer inversores y aumentar el número de visitantes. El sector se presenta como un pilar económico emergente con reconocimiento mundial, como demuestran los premios y el compromiso ministerial de innovar en los servicios de hajj y umrah.
Las instituciones financieras islámicas multilaterales están ampliando su papel en la economía halal global, firmando acuerdos multimillonarios para apoyar el comercio, las inversiones y el desarrollo en los países miembros. La atención se centra en las asociaciones estratégicas y los instrumentos compatibles con la sharia que impulsan la prosperidad a largo plazo.
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