
Europa da luz verde a los cultivos editados genéticamente: sin etiquetado y con la promesa de resistir a sequías y plagas
El Parlamento Europeo aprobó un reglamento que equipara muchas plantas obtenidas con nuevas técnicas genómicas a las convencionales, mientras en África la lucha contra la devastadora maleza Striga recurre a la ciencia nuclear.
El Parlamento Europeo aprobó este miércoles en Estrasburgo un nuevo marco legal que flexibiliza de forma histórica las normas sobre organismos modificados genéticamente. A partir de mediados de 2028, las plantas obtenidas mediante las llamadas nuevas técnicas genómicas (NGT, por sus siglas en inglés) —como la edición con tijeras moleculares CRISPR— quedarán en gran medida equiparadas a las variedades convencionales y podrán comercializarse sin el etiquetado especial que hasta ahora exigía la legislación europea para cualquier OGM. La decisión, respaldada por una mayoría de eurodiputados tras tres años de intensas negociaciones, excluye del régimen más estricto a aquellos cultivos cuyo genoma ha sido modificado sin introducir ADN foráneo, siempre que los cambios sean equivalentes a los que podrían obtenerse mediante cruzamiento o mutación natural.
Desde la óptica de Bruselas, el nuevo reglamento distingue dos categorías de plantas editadas. Las del primer grupo, con alteraciones genéticas limitadas, serán tratadas como cultivos tradicionales y no requerirán evaluación de riesgos adicional ni etiquetado específico en el supermercado. Las del segundo grupo, con modificaciones más complejas, seguirán sujetas a las exigencias de la directiva original sobre OGM, incluida la trazabilidad. Los defensores de la reforma, entre los que se cuentan importantes asociaciones agrícolas y la industria biotecnológica, sostienen que estas herramientas permitirán desarrollar variedades más resistentes a la sequía, a las enfermedades y con menor dependencia de pesticidas, acelerando una transición hacia una agricultura más sostenible. Sin embargo, organizaciones ecologistas y de consumidores advierten que la ausencia de etiquetado vulnera el derecho a la información y temen que la liberalización abra la puerta a una concentración de patentes en manos de unas pocas multinacionales, perjudicando a pequeños agricultores y obtentores.
El debate europeo resuena con fuerza en otras latitudes. En el continente africano, donde la seguridad alimentaria enfrenta amenazas acuciantes, la ciencia aplicada busca soluciones paralelas. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y la FAO lideran una iniciativa para combatir la Striga, una maleza parásita que devasta cultivos de leguminosas y cereales como el maíz y el sorgo en Ghana y toda el África subsahariana. Mediante técnicas nucleares de inducción de mutaciones, los investigadores desarrollan variedades resistentes sin recurrir a la transgénesis, un enfoque que, aunque distinto de las NGT, comparte el objetivo de fortalecer los cultivos frente a estrés biótico y abiótico. Analistas en ciudades como Accra señalan que, para muchas naciones africanas, la urgencia de aumentar los rendimientos y adaptarse al cambio climático convierte cualquier innovación biotecnológica en una herramienta potencialmente vital, más allá de las etiquetas regulatorias.
En América Latina, la experiencia con los cultivos genéticamente modificados es más dilatada. Países como Argentina y Brasil han integrado desde hace décadas los OMG transgénicos en sus sistemas productivos, y en los últimos años han comenzado a adoptar marcos específicos para las nuevas técnicas de edición génica, considerándolas una vía más rápida y precisa para obtener variedades adaptadas a condiciones locales. La decisión europea, por tanto, no solo alinea al bloque con una tendencia global, sino que también podría reducir fricciones comerciales con exportadores latinoamericanos que ya utilizan estas tecnologías. No obstante, persisten interrogantes sobre la coexistencia con la agricultura ecológica y los mercados que exigen certificación de ausencia de OGM.
El reglamento aprobado en Bruselas no cierra la controversia. Queda pendiente la cuestión de las patentes sobre plantas editadas, que la Comisión Europea deberá evaluar en un estudio específico para 2026. Mientras tanto, la coexistencia de distintos modelos productivos y la aceptación por parte de los consumidores marcarán el verdadero alcance de esta nueva generación de organismos modificados. La experiencia africana con la Striga recuerda que la innovación biotecnológica no es un lujo regulatorio, sino una necesidad acuciante en regiones donde una mala cosecha puede significar hambre. El desafío global, subrayan expertos desde Ginebra hasta Nairobi, será equilibrar la promesa de cultivos más resilientes con sistemas de gobernanza que garanticen transparencia, equidad y sostenibilidad a largo plazo.
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El Parlamento Europeo ha aprobado las nuevas técnicas genómicas, eximiéndolas del etiquetado de OGM. Los partidarios lo ven como un impulso para una agricultura más sostenible, mientras los críticos advierten sobre riesgos y falta de transparencia. La decisión pone fin a años de debate y se aplicará en dos años.
Europa finalmente adopta una regulación basada en la ciencia, desbloqueando cultivos editados genéticamente que pueden resistir climas extremos. Esta medida pragmática reduce la burocracia y abre mercados a la innovación, una victoria para agricultores y consumidores.
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