
Elsa Aguirre, la última diva del cine de oro mexicano, se despide entre flores y cenizas
Fallecida a los 95 años, la actriz que encarnó la belleza criolla del cine nacional recibe un homenaje póstumo con proyecciones, conversatorios y una exposición fotográfica.
En el set de Cuidado con el amor, Pedro Infante se inclinó para besarla y ella le soltó una bofetada. No era desdén: Elsa Aguirre, que entonces rozaba los veinticuatro años, se sabía dueña de una presencia que desarmaba a los galanes más curtidos. La anécdota, rescatada por la propia actriz en entrevistas, condensa la mezcla de candor y carácter que la convirtió en uno de los rostros indelebles de la Época de Oro del cine mexicano. La madrugada del 15 de julio de 2026, esa luz se apagó en su casa de Cuernavaca. Tenía 95 años y, según relataron sus cuatro enfermeras al programa De primera mano, el final llegó con serenidad: “estuvo tranquila, rodeada de amor”, sin más complicación que las que impone la edad. Un paro cardiorrespiratorio cerró más de ocho décadas de trayectoria.
La noticia activó de inmediato la memoria sentimental de varias generaciones. La Secretaría de Cultura federal y el IMCINE anunciaron un homenaje póstumo que arrancará el 22 de julio en la Cineteca Nacional con la proyección de Cuatro noches contigo (1952), seguida de un conversatorio sobre sus aportaciones al séptimo arte. En agosto, la Cineteca Nacional Chapultepec albergará una exposición con material fotográfico de los acervos del IMCINE, la propia Cineteca y la Filmoteca de la UNAM. “Recordarla es reconocer su trayectoria, preservar las obras que construyeron su legado y propiciar que nuevos públicos puedan encontrarse con ellas”, declaró la secretaria Claudia Curiel de Icaza. Para el crítico Gerardo Gil Ballesteros, Aguirre “tuvo la inteligencia de retirarse cuando llegó a una edad considerable, pero siempre permaneció cercana a los medios; no tuvo un retiro tajante”.
Nacida en Chihuahua en 1930, Elsa Irma Aguirre Juárez llegó al cine casi por accidente: un concurso de belleza de Clasa Films Mundiales le abrió las puertas en 1946. Su primera aparición fue en El sexo fuerte, y ese mismo año Julio Bracho le confió el protagónico de Don Simón de Lira. A partir de ahí construyó una filmografía de medio centenar de títulos que la llevó a compartir pantalla con Jorge Negrete, Dolores del Río, Arturo de Córdova y Silvia Pinal. Directores como Emilio Fernández, Roberto Gavaldón e Ismael Rodríguez encontraron en ella a una intérprete que transitaba del melodrama al romance con una naturalidad que, según el investigador Roberto Fiesco, la convirtió en “la gran belleza criolla del cine nacional”. Su magnetismo inspiró incluso a los compositores Zacarías Gómez Urquiza y Manuel Esperón, que escribieron para ella “Flor de azalea”, tema central de Algo flota sobre el agua (1948).
Detrás del mito había una mujer que desde niña se sintió apartada. En una entrevista con Matilde Obregón recordó que su madre, al verla nacer con la piel más oscura que sus hermanos, exclamó: “creo que me la cambiaron”. Aquella “negrita”, como la llamaban en casa, aprendió a habitar un mundo propio sin dejar de obedecer a sus padres. Ya retirada en Cuernavaca, la meditación, el yoga y el vegetarianismo se convirtieron en su refugio. “La verdadera belleza nace de la paz interior”, solía decir. En abril de 2026, el gobierno de Morelos le rindió un homenaje en el Teatro Ocampo; tres meses antes, la presidenta Claudia Sheinbaum la visitó y la describió como “un ejemplo de gran fortaleza”. Sus enfermeras contaron que jamás permitía que se hiciera daño ni a una hormiga.
El féretro, cubierto de terciopelo rojo y rodeado de lilas, fue velado en una funeraria de Cuernavaca. No hubo grandes figuras del espectáculo en las primeras horas, solo sus cuidadoras, tres amigos íntimos y el público que se acercó a una sala con capacidad para cuarenta personas. La actriz había dejado una voluntad precisa: ser incinerada y que su ahijado Hassim esparciera las cenizas “en algún lugar alto, donde estemos más separados de la materia”. Esa imagen —la de una mujer que pidió que su último gesto fuera elevarse— dialoga con la exposición que en agosto colgará en Chapultepec: decenas de fotografías fijas que devuelven su mirada serena, la misma que durante décadas sostuvo el sueño dorado del cine mexicano.
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