
El telescopio Euclid duplica los cuásares antiguos conocidos y agrava el enigma del universo primitivo
El hallazgo de 31 nuevos cuásares, dos de ellos los más lejanos jamás observados, desafía los modelos de formación de agujeros negros supermasivos en la infancia del cosmos.
La detección de 31 cuásares por el telescopio espacial Euclid, entre ellos los dos más antiguos registrados hasta la fecha, ha duplicado el censo de estos faros cósmicos en el universo primitivo y ha intensificado una de las incógnitas más persistentes de la astrofísica. La luz de la pareja más lejana proviene de una época en que el cosmos tenía apenas 670 millones de años, un 5 % de su edad actual de 13 800 millones de años, lo que supera en 20 millones de años la marca anterior. El hallazgo, publicado en Astronomy & Astrophysics, refuerza la evidencia de que existían agujeros negros con masas de miles de millones de soles cuando el universo era un recién nacido, un ritmo de crecimiento que los modelos teóricos no logran explicar.
La capacidad de Euclid para cartografiar amplias regiones del cielo con sensibilidad en el infrarrojo cercano ha sido el factor diferencial. A diferencia de las campañas previas, limitadas a telescopios terrestres y a los cuásares más brillantes, el observatorio de la Agencia Espacial Europea (ESA) puede captar objetos mucho más tenues de forma sistemática. Investigadores de la Universidad de Leiden, que lideraron el estudio, subrayan que en solo dos años de operación el instrumento ha transformado la búsqueda de estas fuentes, permitiendo rastrear la historia de la reionización, el momento en que las primeras estrellas disiparon la niebla de hidrógeno neutro que envolvía el cosmos.
El enigma de los cuásares tempranos se suma a un cuadro más amplio que otros telescopios espaciales están dibujando con trazos cada vez más nítidos. El James Webb, mediante el programa COSMOS-Web, ha elaborado el mapa más detallado de la red cósmica, una estructura de filamentos de materia oscura y gas que moldeó el crecimiento galáctico. Astrónomos de la Universidad de California Riverside describen cómo las galaxias masivas en entornos densos tienden a cesar su formación estelar una vez que sus halos de materia oscura superan el billón de masas solares, un proceso que dominó la evolución del universo hasta hace unos 7000 millones de años. En paralelo, el veterano Hubble sigue aportando piezas al rompecabezas: la imagen del cúmulo globular NGC 6426, una reliquia de 13 000 millones de años en el halo de la Vía Láctea, ofrece claves químicas sobre las primeras poblaciones estelares de nuestra galaxia.
Desde los centros de investigación europeos, la interpretación de estos datos apunta a una fase de “arqueología galáctica” que apenas comienza. Las observaciones espectroscópicas de Webb sobre Centaurus A, una galaxia activa a 11 millones de años luz, ya han revelado gas ionizado expulsado por su agujero negro central e hidrógeno molecular caliente en un disco deformado, evidencias de una colisión galáctica ocurrida hace 2000 millones de años. Estos hallazgos, junto con el nuevo catálogo de cuásares, proporcionan una cronología de la evolución cósmica que los científicos esperan extender hasta los primeros mil millones de años. El próximo hito será el análisis de los cuásares recién descubiertos con el propio James Webb, cuyas observaciones espectroscópicas podrían detallar la composición del gas intergaláctico en la era de la reionización y ofrecer pistas sobre el desmesurado apetito de los agujeros negros primordiales.
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Euclid reveals the oldest quasars, but the cosmic puzzle thickens: science faces an enigma that challenges established theories.
By emphasizing the puzzling nature of the discovery, the narrative turns a scientific achievement into an unsolved mystery, fueling interest in open questions.
Euclid discovers the oldest quasars, but the cosmic mystery thickens: scientists face an enigma that defies current explanations.
Using language that emphasizes complexity and perplexity, the narrative presents the discovery as an obstacle to knowledge, heightening the sense of mystery.
The United States celebrates its 250th anniversary with a cosmic feast: Hubble, Euclid and Webb deliver breathtaking images that celebrate human progress and American leadership in space.
By associating a scientific discovery with a national holiday, the narrative turns astronomy into a tool of patriotic pride, obscuring the enigmatic aspects of the discovery.
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