
El robot que pide limosna y el mundo que envejece: retratos de una era demográfica incierta
Desde un androide arrodillado en Sichuan hasta las monoporciones en los supermercados italianos, las sociedades se adaptan a la baja natalidad y a la competencia tecnológica.
En una acera de la provincia china de Sichuan, un robot humanoide se arrodilló junto a un recipiente para monedas y un código QR. En su pantalla, un mensaje: «No tengo dinero para cargarme, por favor paguen la electricidad». La escena, grabada en video, mostraba a transeúntes que, entre risas y asombro, depositaban billetes o escaneaban el código. No era una performance callejera cualquiera: el androide, un modelo G1 de la empresa Unitree Robotics, imitaba el gesto más antiguo de la vulnerabilidad humana.
El video se volvió viral, con millones de visualizaciones y comentarios que oscilaban entre el humor —«hasta los mendigos serán reemplazados por robots»— y la inquietud. Pero más allá de la anécdota, la imagen del autómata suplicante coincide con un momento de profundas transformaciones demográficas y económicas. En Suiza, la tasa de fecundidad cayó a 1,28 hijos por mujer, el cuarto descenso consecutivo. Un estudio del sector asegurador helvético, basado en 3.200 entrevistas, reveló que más de la mitad de las personas sin hijos entre 18 y 45 años simplemente no desea tenerlos. Entre los motivos, el 40% menciona la carga financiera y casi un tercio alude a la dificultad de conciliar trabajo y familia. Las madres, según la misma encuesta, dedican hasta 65 horas semanales a trabajo no remunerado, mientras que un tercio de los consultados cree que una madre no debería trabajar a jornada completa por el bien del niño.
Esa reducción de los hogares está redibujando industrias enteras. En Italia, la asociación de la industria alimentaria advierte que el descenso de la natalidad —el país ha perdido un 35,8% de nacimientos desde 2008— obliga a repensar formatos y productos. Crecen las monoporciones, los platos preparados y los congelados, pensados para núcleos familiares cada vez más pequeños y una población que envejece. Mientras, en India, el estado sureño de Andhra Pradesh ha dado un giro radical: después de décadas de campañas de esterilización, ahora ofrece primas de hasta 40.000 rupias por el tercer y cuarto hijo. La tasa de fecundidad nacional ya está por debajo del reemplazo generacional (1,9 hijos por mujer) y en el sur cae a 1,3. Los nacionalistas hindúes instan a tener al menos tres hijos, y el temor a perder peso político y fondos federales impulsa estas políticas pronatalistas que, sin embargo, despiertan críticas de sectores feministas por el riesgo de embarazos forzados.
En Francia, la presión no viene solo de la demografía, sino de la competencia tecnológica. Renault anunció la supresión de 800 puestos de ingeniería para 2027 y una reorganización profunda de su división de I+D. El objetivo: acortar los ciclos de desarrollo de vehículos, que en China se completan en apenas dos años, frente a los cuatro o cinco de los fabricantes europeos. La velocidad de innovación del gigante asiático está forzando a toda la industria a adelgazar estructuras y a recolocar a miles de trabajadores.
El robot pedigüeño de Sichuan, más allá de ser una broma o una campaña publicitaria, tocó una fibra sensible. Los transeúntes no solo le dieron dinero: le ofrecieron una forma de empatía que normalmente reservamos a los seres vivos. En un mundo que envejece, donde las máquinas asumen tareas humanas y las familias se encogen, la imagen de un androide pidiendo ayuda para recargar su batería se convierte en un espejo incómodo. Quizá, como escribió un usuario, «la dominación de la inteligencia artificial se ha pospuesto por ahora», pero la necesidad de cuidado —sea para un hijo, un anciano o un robot— sigue siendo la misma.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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China enfrenta una crisis demográfica inminente, con una fuerza laboral que se proyecta caerá a 300 millones para fin de siglo. Pekín apuesta por robots humanoides para cubrir los vacíos, presentando la automatización como una estrategia pragmática de supervivencia. La narrativa pinta a China como una nación robot en una carrera contra el tiempo, mezclando alarma por la caída demográfica con una solución tecno-optimista.
La tasa de natalidad en Suiza ha caído a un mínimo histórico de 1,28 hijos por mujer, y más de la mitad de los adultos sin hijos de 18 a 45 años afirma no querer formar una familia. Un nuevo estudio atribuye la brecha a un desajuste entre deseos y realidad, mientras la ONU proyecta que la población mundial alcanzará su pico hacia 2084. El encuadre es analítico y distante, tratando el declive demográfico como un cambio estructural con consecuencias a largo plazo para pensiones, escuelas e incluso la industria alimentaria.
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