
El mural borrado y la firma ajena: cuando el arte pierde su nombre
Desde un muro blanco en Sídney hasta un Basquiat imitado, tres historias revelan la fragilidad del arte comunitario, la tentación de la copia y el valor de lo auténtico.
En la esquina de Darling Street y Victoria Road, en el barrio de Rozelle, Sídney, dos muros que formaban un ángulo de 140 grados amanecieron la semana pasada cubiertos de pintura blanca. Hasta entonces, un mural de cinco metros de ancho mostraba a un grupo de niños corriendo, inspirado en Arran Keith, un chico de ocho años con parálisis cerebral que en 2018 completó una carrera popular rodeado de amigos. La obra, titulada We Run as One, había sido encargada por el concejo municipal en 2023 y se había convertido en un emblema de la comunidad. “Que alguien pensara tanto en mí como para pintar eso fue hermoso”, recordaba Arran, hoy con 16 años, al diario The Sydney Morning Herald. La desaparición del mural desató la indignación de los vecinos, que exigieron explicaciones en redes sociales. El administrador del edificio aclaró que se trataba de una propiedad privada y que el anterior inquilino, la tienda Running Science, había quebrado; el mural, considerado “publicidad”, fue eliminado. Para la comunidad, sin embargo, era mucho más que un anuncio.
La historia de Arran Keith revela la fragilidad del arte público que depende de muros privados, pero también la profundidad del vínculo entre una imagen y la memoria colectiva. Mientras en Rozelle se lamenta la pérdida de un mural que celebraba la inclusión, en el circuito de premios artísticos australianos estalla un escándalo que pone en cuestión la originalidad. La pintora Jane Allan, residente en Lennox Head, ganó en 2024 el Premio Doyles de paisaje, dotado con 20.000 dólares, con la obra Seaside Explorers. Semanas atrás, el comité del galardón denunció que la pieza era “una imitación” de Two Estuary Figures, del fallecido artista Nicholas Harding. Las figuras, las posturas, la pincelada espesa: todo coincidía. Philip Bacon, destacado marchante de Brisbane, declaró al Sydney Morning Herald que la copia era “flagrante” y consideró inverosímil el relato personal que Allan había tejido —un recuerdo infantil con su hermano en la playa—. El historiador de arte Sasha Grishin, de la Universidad Nacional Australiana, calificó el proceder de “plagio ramplón”.
La sospecha se extendió pronto a otra obra premiada de Allan. En 2022, Weight of the Mind’s Periapt había sido finalista del prestigioso Darling Portrait Prize y ganó el premio de los montadores de la Galería Nacional de Retratos. La pintura, que según la artista retrataba a su cuidador principal tras un accidente de camión que la dejó con una lesión medular, guarda un parecido asombroso con Untitled (Two Heads on Gold), de Jean-Michel Basquiat, fechada en 1982. La galería reconoció que en su momento los montadores anotaron que Allan estaba “claramente influenciada por Basquiat”, pero subrayó que las bases siempre exigen una declaración de originalidad. El caso reaviva un debate incómodo: ¿dónde termina la influencia y empieza la apropiación? Desde Australia, voces del sector reclaman una mayor diligencia en los jurados. El hijo de Harding, que gestiona el legado de su padre, agradeció al comité de los Doyles por abordar el asunto y recordó que “influencia e imitación son cosas muy distintas”.
Frente a la copia que desdibuja la autoría, el mercado del arte sigue premiando la voz singular e inconfundible. A mediados de junio, una subasta de arte popular canadiense en Miller & Miller Auctions confirmó la vigencia de Maud Lewis, pintora autodidacta de Nueva Escocia fallecida en 1970. Obras como Three Black Cats superaron los 40.000 dólares. Ethan Miller, director de la casa de subastas, explicó que la demanda se mantiene intacta porque “sus piezas son atemporales; su historia es atemporal”. Alan Deacon, coleccionista y estudioso de Lewis durante más de medio siglo, atribuye esa permanencia a un estilo que, según sus palabras, “no se parece al de ningún otro artista de Norteamérica” y a una autenticidad que conecta con el público décadas después. Mientras tanto, en Londres, la casa Sotheby’s se dispone a subastar Sleeping by the Lion Carpet, de Lucian Freud, con una estimación de hasta 40 millones de euros. La modelo retratada, Sue Tilley, una jubilada británica que posó durante horas en los años noventa, confesaba a Le Figaro su perplejidad: “Que yo valga millones me parece muy extraño”. Tilley prefiere las anécdotas a las cifras, el recuerdo de las sesiones de pose al brillo de las pujas.
En Rozelle, el muro blanco que sustituyó al mural de Arran Keith permanece desnudo. Algunos vecinos temen que pronto se cubra de grafitis anónimos. La imagen de los niños corriendo juntos, sin embargo, no se ha borrado del todo: sobrevive en la memoria de quienes la vieron cada día y en la emoción de un adolescente que, sin pretenderlo, se convirtió en símbolo de una comunidad. Esa persistencia silenciosa —la de un mural que ya no está pero se recuerda, la de una pintora folk que sigue vendiéndose medio siglo después de su muerte, la de una modelo que observa su doble en un lienzo millonario— recuerda que el valor del arte no siempre coincide con su precio ni con su firma.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El borrado de un mural comunitario que homenajeaba a un niño con parálisis cerebral ha provocado indignación y exigencias de explicaciones. Al mismo tiempo, una artista australiana enfrenta nuevas acusaciones de copiar obras de pintores reconocidos, lo que ha encendido un intenso debate sobre la originalidad artística y la honestidad intelectual.
La atención se centra en el valor perdurable del arte auténtico, a través del relato de una exmodelo de Lucian Freud cuyo retrato se subasta por millones. Con distanciamiento irónico, reflexiona sobre la brecha entre sus recuerdos íntimos de las sesiones de pose y la suma astronómica que el mercado asigna ahora a su imagen.
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