
El desayuno en la mansión de Epstein que deshizo el fondo filantrópico de Bill Gates
Una revisión externa revela que el fundador de Microsoft y su equipo se reunieron unas 30 veces con el depredador sexual pese a las alertas internas, sin que se hallaran pagos ni complicidad delictiva.
En la residencia de Jeffrey Epstein en Manhattan, una mañana de diciembre de 2014, Bill Gates compartió mesa con posibles donantes y personal de su fundación. Sobre los platos del desayuno flotaba la promesa de un ambicioso fondo de inversión benéfica que canalizaría fortunas privadas hacia la salud pública global. Aquel encuentro, minuciosamente reconstruido por el bufete WilmerHale, fue el último acto de una relación que había comenzado tres años antes y que, según la revisión externa encargada por la propia Fundación Gates, sumó una treintena de citas, varias de ellas en la misma casa adosada del financiero. Al terminar la reunión, Gates concluyó que Epstein había «tergiversado» la voluntad real de los mecenas y el proyecto se abandonó para siempre.
La investigación, resumida en tres páginas hechas públicas el martes, abarcó más de cincuenta entrevistas y un examen de documentos internos. Confirmó que entre 2011 y 2014 una decena de directivos y empleados de la fundación mantuvieron contactos con Epstein, incluso después de que el asesor que los presentó advirtiera del riesgo reputacional. Los intercambios giraron en torno a dos iniciativas: el fallido fondo asesorado por donantes y una subvención al International Peace Institute, cuyo presidente, Terje Rød-Larsen, había sido presentado por el propio Epstein. La fundación otorgó esa ayuda para la erradicación de la polio tras aplicar sus procedimientos habituales de diligencia debida. En ningún momento, subraya el informe, se detectaron pagos al convicto ni indicios de que el personal conociera o participara en sus delitos.
El episodio se inserta en la larga sombra de Epstein, quien en 2008 se había declarado culpable de incitar a una menor a la prostitución y que en 2019 fue acusado de tráfico sexual de menores antes de suicidarse en su celda. Gates, que compareció el mes pasado ante el Congreso estadounidense, calificó aquellos encuentros de «grave error de juicio» y siempre negó haber presenciado conducta delictiva alguna. Desde la óptica de analistas en España y América Latina, el caso reabre el debate sobre los límites de la filantropía de élite: la fundación, uno de los mayores financiadores de salud global, se vio obligada a examinar cómo una relación personal pudo sortear los controles internos durante años.
La resonancia del informe se amplificó con la decisión de Warren Buffett, amigo de Gates y hasta ahora su principal benefactor, de excluir a la fundación de sus donaciones anuales. Buffett aclaró que el motivo no fue la «desagradable» asociación con Epstein, sino su convicción de que sus hijos ya están preparados para administrar su fortuna. Aun así, en corrillos financieros latinoamericanos se interpretó el gesto como un distanciamiento simbólico que coincide con el anuncio de reformas de gobernanza: la fundación creará un proceso centralizado de investigación de terceros, una vía formal de escalamiento de riesgos reputacionales y políticas de conflicto de intereses más estrictas.
El informe completo permanece inédito. Lo que queda es la imagen de aquel desayuno en la casa de Manhattan, con sus tazas de café ya frías y la promesa de un fondo benéfico que nunca llegó a existir, mientras sobre la mesa se extendía, invisible, la certeza de que el anfitrión había manipulado las cartas. La revisión, con su concisión de tres folios, deja abierta una pregunta que resuena en los pasillos de la filantropía global: cuántas advertencias internas hacen falta para que una institución cierre la puerta a un interlocutor que ya cargaba con una condena por abuso de menores.
| Prensa india y del sur de Asia | −0.20 | neutral |
|---|---|---|
| Prensa atlántica / anglosfera | −0.70 | critical |
| Prensa latinoamericana | −0.50 | critical |
La Fundación Gates reconoce errores de juicio pero insiste en que la revisión demuestra la ausencia de pagos ilícitos, y la decisión de Buffett es ajena al caso Epstein.
Al separar nítidamente el tema de las reuniones del de los pagos, la narrativa minimiza el daño reputacional y reconvierte la historia en una lección de gobernanza en lugar de un escándalo.
El bloque omite el hecho de que Gates fue advertido personalmente por el personal y continuó las reuniones durante tres años, lo que aumentaría la sensación de responsabilidad personal.
Bill Gates ignoró las repetidas advertencias del personal y se reunió 30 veces con un delincuente sexual condenado, demostrando un fallo catastrófico de juicio que la revisión confirma.
Al acumular detalles específicos y verificables—30 reuniones, tres años, advertencias internas, conocimiento de la condena—la narrativa construye un caso abrumador de negligencia personal e institucional.
El bloque omite el hallazgo de la revisión de que no se realizaron pagos a Epstein, lo que podría mitigar la percepción de complicidad financiera.
La revisión expone la magnitud de los contactos de Gates con Epstein, pero la ausencia de pagos criminales deja una zona gris que exige condena moral sin certeza legal.
Al yuxtaponer el número incriminatorio de reuniones con la ausencia de pruebas financieras, la narrativa crea una tensión que invita a los lectores a llenar el vacío con su propio juicio moral.
El bloque omite el hecho de que Gates fue advertido personalmente por el personal y continuó la asociación durante tres años, lo que fortalecería el caso de culpabilidad personal.
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