
El silencio que habla: por qué callamos en grupo y otras paradojas de la conexión moderna
Un video viral del comunicador español Roberto Pérez Marijuán sobre las personas que permanecen en silencio en conversaciones grupales desató un debate global que revela las tensiones entre la hiperconectividad digital y la necesidad de vínculos auténticos.
En una reunión familiar, entre risas y anécdotas, alguien permanece callado. No interrumpe, no se queja, pero tampoco termina de entrar. Esa imagen, tan cotidiana como desconcertante, fue el centro de un video publicado en TikTok por el conferencista TED y especialista en habilidades sociales Roberto Pérez Marijuán. “Lo fácil es pensar que no tiene nada que decir o que está incómodo. Pero la realidad es mucho más interesante”, afirmó ante la cámara. En pocas horas, el clip se volvió viral y acumuló cientos de comentarios de usuarios de toda Iberoamérica que se sintieron identificados. “Muchas veces no hablo porque me doy cuenta de que la gente está más interesada en escucharse a sí misma que a otros”, escribió una persona desde algún rincón de la región. Otra confesó: “Yo hablo poco porque soy muy vergonzosa y siento que se me va a juzgar”.
El fenómeno que describió Pérez Marijuán no es exclusivo de las personas introvertidas. Desde la psicología, analistas en España y América Latina explican que el silencio en grupo puede ser una respuesta aprendida en la infancia, cuando cada intervención era corregida o juzgada, o una forma de autoexigencia que busca la frase perfecta y, al no encontrarla a tiempo, opta por el mutismo. Pero también es, en muchos casos, una estrategia de protección en un entorno social que a menudo premia la velocidad y el volumen por encima de la escucha. Mientras tanto, en Indonesia, una serie de artículos publicados en medios como Jawa Pos abordan la otra cara de la misma moneda: el “oversharing” o la sobreexposición de información personal en redes sociales, un hábito que, según los especialistas, diluye las fronteras de la privacidad y puede generar arrepentimiento a largo plazo. Ambos extremos —el silencio absoluto y la confesión sin filtro— comparten una raíz común: la dificultad para calibrar la distancia justa en la comunicación contemporánea.
Esa búsqueda de equilibrio se ha vuelto más compleja en un mundo donde la tecnología promete conexión permanente pero a menudo entrega soledad. Investigadores en Yakarta advierten que el trabajo remoto, pese a su flexibilidad, ha difuminado los límites entre la vida personal y la profesional, generando un fenómeno que los psicólogos llaman “role blurring”: la mente ya no distingue cuándo se trabaja y cuándo se descansa, lo que eleva el riesgo de agotamiento emocional. Al mismo tiempo, la cultura del “scrolling” infinito en redes sociales activa el sistema de recompensa del cerebro con una lógica similar a la de las máquinas tragamonedas, según estudios citados por la prensa indonesia. Cada video gracioso o notificación libera dopamina, pero la recompensa es impredecible, lo que mantiene a millones de personas atrapadas en un ciclo de atención fragmentada que, a la larga, reduce la capacidad de concentración profunda.
Frente a este paisaje de dispersión y fatiga, surgen propuestas que, desde distintas latitudes, invitan a recuperar el valor de lo pequeño. En Nigeria, el periódico Nigerian Tribune recogió hallazgos del Estudio de Harvard sobre el Desarrollo Adulto, una de las investigaciones más longevas sobre la felicidad, que señala que las relaciones significativas —no la riqueza ni el éxito profesional— son el principal predictor del bienestar a largo plazo. La misma idea aparece en los consejos que circulan en medios indonesios: dedicar diez minutos de atención plena a un hijo sin interrupciones, construir rituales cotidianos como leer un cuento antes de dormir o simplemente escuchar sin dar consejos apresurados. Incluso desde Irán, el medio Khabar Online reportó un estudio sobre el ayuno intermitente que mostró que las personas que siguieron ese régimen no solo perdieron peso, sino que reportaron mejoras en el estado de ánimo y la satisfacción vital, en parte porque la práctica simplificaba su relación con la comida y eliminaba la carga mental del conteo calórico constante.
El video de Pérez Marijuán terminaba con una advertencia: “El problema es que hablar poco también tiene efectos secundarios. En el trabajo parece que no participas. En lo social, que pasas. En la familia, que no te mojas. Y no es verdad. Simplemente tienes otro ritmo”. Esa imagen —la de un ritmo distinto, más pausado, que no encaja en la velocidad del grupo— resuena como una metáfora de este tiempo. Quizá la verdadera conexión no esté en decir más ni en callar para siempre, sino en encontrar, como sugieren desde Yakarta hasta Lagos, esos momentos en que la atención se posa sin prisa sobre el otro, como quien apaga el teléfono y, por fin, escucha.
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