
Budapest Pride recupera la normalidad entre el calor extremo y la sombra de las leyes de Orbán
La primera marcha del Orgullo tras la derrota electoral del ultranacionalista Viktor Orbán transcurrió sin prohibiciones, aunque las leyes restrictivas siguen vigentes y la participación se redujo por la ola de calor.
Sobre el puente Erzsébet, que une Buda y Pest, unas manos anónimas arrancaron varias banderas arcoíris y las lanzaron al Danubio. Las enseñas, izadas por orden del alcalde liberal Gergely Karácsony, flotaron unos segundos antes de hundirse. Minutos después, la marea multicolor de la 31ª Marcha del Orgullo de Budapest cruzaba ese mismo puente bajo un sol de justicia, con los termómetros rozando los 38 grados. Los organizadores repartían botellas de agua y la empresa municipal de aguas abrió las fuentes del recorrido. “Antes había mucha tensión. Ahora veo a la gente más feliz, y hay más personas mayores”, contaba Luca Új, una joven que participaba por tercera vez.
La cita era la primera desde que, en abril, el partido Tisza de Péter Magyar desalojara del poder a Orbán tras dieciséis años de gobierno. El año anterior, el Ejecutivo ultranacionalista había aprobado una reforma constitucional que, so pretexto de proteger a los menores, permitió vetar la marcha. La prohibición desató la mayor movilización LGBTI de la historia húngara: entre 200.000 y 380.000 personas desfilaron en un acto de desobediencia civil que los analistas europeos leyeron como un punto de inflexión. “Fidesz me ha robado dieciséis años de vida”, resumía el activista Ádám Kanicsár, aludiendo al desgaste psicológico de una comunidad sometida a leyes que borraron el cambio de género en los documentos, prohibieron la adopción a parejas del mismo sexo y equipararon la homosexualidad con la pedofilia.
El nuevo primer ministro, un conservador que durante la campaña rehuyó el debate sobre derechos LGBTI, autorizó la marcha y declaró que “nadie debe ser estigmatizado por su forma de amar”. Sin embargo, no ha derogado la legislación anterior ni ha enviado representantes al desfile. Desde Bruselas, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ya había sentenciado en abril que la ley de 2021 que vetaba el acceso de menores a contenidos sobre orientación sexual violaba el derecho comunitario. El mapa arcoíris de Ilga-Europe, que mide la protección legal en 49 países, sitúa a Hungría en el puesto 38, solo dos por encima de Italia, donde la marcha de Milán de ese mismo sábado se celebraba bajo el lema “Cuerpos en rebeldía” y en un clima de creciente hostilidad política.
El calor extremo —un grado por debajo del récord histórico en la ciudad— redujo la asistencia a unas decenas de miles de personas, lejos de la marea humana del año pasado. Pero la ausencia de miedo transformó el tono: “El año pasado luchábamos por nuestros derechos; este ha sido un festejo normal”, explicó Kanicsár. Mientras en Budapest la marcha recuperaba el cauce legal, en ciudades como Ciudad de México, Múnich o Helsinki otras multitudes también desafiaban las altas temperaturas para reivindicar derechos, en una jornada global que los organizadores húngaros resumieron con un lema que resonó al llegar al parque Vérmező: “Pride hubo, hay y habrá”. Allí, entre la música y el polvo seco del verano, las banderas arcoíris volvieron a ondear sin necesidad de desafiar a la policía, aunque en el Danubio aún flotara el recuerdo de las que fueron arrancadas.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El Orgullo de Budapest de este año se sintió normal, en marcado contraste con el desafío del año pasado. Tras dieciséis años de restricciones bajo Orbán, la comunidad LGBTQ desfiló sin miedo a la intervención policial, aunque activistas de extrema derecha retiraron algunas banderas arcoíris. El evento supone un retorno histórico a la normalidad, con la ola de calor y las tensiones políticas residuales como telón de fondo.
Las marchas del Orgullo en Budapest y Milán este sábado exponen estados de ánimo contrapuestos. Mientras la capital húngara disfruta de una celebración más tranquila tras el fin de la era Orbán, el desfile milanés adopta un lema de revuelta corporal. Ambos países permanecen en la parte baja del mapa arcoíris europeo, lo que subraya la discriminación persistente.
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