
Bajo el sol de julio, el termómetro del ánimo europeo marca incertidumbre y un récord de desaliento en Rusia
Mientras una ola de calor sofocaba Italia, dos encuestas transnacionales dibujaban un mapa emocional donde la búsqueda de estabilidad contrasta con la frustración económica y la caída de la confianza institucional.
El mercurio superaba los 38 grados en Roma aquella primera semana de julio. En las plazas, los ancianos buscaban la sombra de los plátanos y las fuentes se convertían en refugio. Fue en ese contexto de bochorno físico —y de noticias sobre nuevas tensiones geopolíticas y facturas energéticas al alza— cuando el Eurobarómetro hizo públicas sus cifras. Del otro lado del continente, en ciudades rusas donde el verano aún no apretaba, los teléfonos sonaban con una pregunta similar: ¿cómo ve usted el futuro? La respuesta, recogida por Gallup entre marzo y mayo, reveló un malestar que ya no era solo una percepción difusa, sino un máximo histórico.
Los datos, vistos en paralelo, componen una radiografía anímica de dos espacios que comparten inquietudes pero las procesan con lenguajes distintos. En la Unión Europea, el 58% de los ciudadanos se declaró pesimista respecto al porvenir, seis puntos más que en otoño de 2025. La incertidumbre (44%) y la esperanza (43%) fueron las emociones más mencionadas. Sin embargo, tres de cada cuatro europeos seguían viendo a la UE como un “oasis de estabilidad en un mundo convulso”, una imagen que en Italia alcanzaba al 81% de los entrevistados, once puntos por encima de la medición anterior. Desde la óptica de Bruselas, ese abrazo a la institución comunitaria convivía con una exigencia: el 90% de los encuestados pedía más unidad entre los Estados miembros para afrontar la situación internacional.
En Rusia, el termómetro social marcaba otro tipo de fiebre. El 60% de los ciudadanos afirmó que la situación económica en su ciudad o región empeoraba, la cifra más alta en veinte años de sondeos. Por primera vez, una mayoría clara compartía ese diagnóstico. El 56% dijo que su nivel de vida se deterioraba, también un récord. Al mismo tiempo, la confianza en las fuerzas armadas cayó del 79% al 66% en un año; la del gobierno, del 67% al 53%; y la percepción de honestidad electoral se desplomó del 56% al 40%. La libertad de prensa, según los encuestados, tocó un mínimo histórico: solo el 34% la evaluaba positivamente. Analistas en Moscú subrayan que el sondeo se realizó antes del agravamiento de la crisis de combustibles de junio, lo que sugiere que el malestar podría ser aún más profundo.
El caso italiano añade matices reveladores. Aunque el 63% se mostraba optimista sobre el futuro de la Unión —por encima de la media—, la incertidumbre personal escalaba al 56%, doce puntos más que el promedio europeo. Y donde otros europeos citaban frustración o confianza como tercera emoción, los italianos eligieron “impotencia” (39%), el porcentaje más alto de los Veintisiete. Las prioridades que señalaban a Bruselas también se apartaban del guion general: mientras la mayoría de los países colocaba “defensa y seguridad” en primer lugar, el 44% de los italianos pedía independencia energética, una cifra que creció trece puntos en seis meses. La inflación y el costo de la vida encabezaban sus urgencias cotidianas, seguidas por la creación de empleo y la sanidad pública.
Esa misma tensión entre la vida material y las expectativas se leía en el tejido empresarial ruso. Una encuesta de la Unión Rusa de Industriales y Empresarios reflejó que casi una cuarta parte de las compañías reportó un deterioro financiero a inicios del verano. El índice compuesto cayó a su nivel más bajo en al menos un año, lastrado por la percepción negativa de los mercados financieros y un brusco aumento de las empresas que calificaban de peor su relación con los bancos. Emprendedores consultados en Moscú atribuyeron el fenómeno al endurecimiento de las políticas de riesgo crediticio, la alta tasa de interés —que apenas se redujo un cuarto de punto en junio— y una presión fiscal creciente. La imagen final no es la de un colapso, sino la de un goteo persistente: el sonido de un teléfono que deja de sonar en una oficina, el ventilador que gira lento en una trattoria romana mientras alguien relee la factura de la luz, la certeza compartida de que el mundo se ha vuelto un lugar donde la estabilidad es un bien cada vez más preciado y, para muchos, cada vez más esquivo.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Crece el pesimismo entre los europeos, con los italianos a la cabeza en resignación ante guerras, olas de calor y el costo de vida. Sin embargo, en la propia Italia, ocho de cada diez ciudadanos ven a la Unión Europea como un refugio de estabilidad, pidiendo más unidad y acciones contra la inflación.
El pesimismo económico en Rusia alcanzó su nivel más alto en veinte años: seis de cada diez rusos afirman que la situación empeora en su región. Los expertos sostienen que al Kremlin no le importa la calidad de vida, mientras la confianza en el gobierno y el ejército sigue erosionándose.
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