
Bajo banderas negras y vasos de sorbete: la Ashura que vive en las callejuelas de Daca
En el viejo Daca, la conmemoración del martirio de Husein entrelaza el duelo chiita con una devoción popular que trasciende siglos y fronteras.
Al cruzar el puente de Chankharpul y adentrarse en el casco antiguo de Daca, el visitante se topa con un luto que se despliega en los balcones: banderas negras ondean en las cornisas del Hoseni Dalan, el imambara de la época mogol. En las estrechas callejuelas, los tenderetes ofrecen vasos de sorbete a los transeúntes, mientras familias enteras —hombres, mujeres, niños— desafían la lluvia repentina del monzón o el sol abrasador para acercarse a este centro de peregrinación. No es una escenografía: es la víspera de la Ashura, el día 10 de Muharram, que este año cayó en viernes, y que en Bangladés congrega a suníes y chiitas en una misma marea de recogimiento.
Dentro del imambara, los devotos encienden velas ante la tazia, la réplica del mausoleo de Husein, depositan monedas en las cajas de donativos y musitan plegarias. Afuera, los organizadores preparan la gran procesión que, a las diez de la mañana del día sagrado, recorrerá las calles desde el imambara hasta el lago de Dhanmondi, donde la tazia será simbólicamente sumergida. Es un ritual que, según los administradores del Hoseni Dalan, se repite desde hace siglos, y que en 2015 sufrió un atentado yihadista que obligó a extremar la seguridad. Hoy, policías y miembros de las fuerzas de élite custodian cada esquina, pero el fervor no se ha apagado.
La Ashura es un día de múltiples estratos. En la tradición islámica, recuerda el ayuno de Moisés tras la liberación de los israelitas de Egipto, una práctica que el Profeta Muhammad encontró entre los judíos de Medina y que reformuló para distinguir a su comunidad, recomendando ayunar también el día anterior o el posterior. En la Arabia preislámica, el mes de Muharram ya era uno de los cuatro meses sagrados en los que se prohibía la guerra, y la Kaaba recibía una nueva cubierta. Pero fue la tragedia de Karbala, en el año 680 de la era cristiana, la que transformó la fecha en un símbolo universal de resistencia frente a la tiranía: el imán Husein, nieto del Profeta, y sus seguidores fueron masacrados por el ejército omeya en las orillas del Éufrates. Desde entonces, para la comunidad chiita, la Ashura es duelo; para los suníes, un día de ayuno voluntario y reflexión. En el subcontinente indio, la frontera entre ambas prácticas se difumina: en Daca, como en Lucknow o Calcuta, la procesión de la tazia atrae a fieles de todas las ramas del islam, y la distribución de sorbete y alimentos se ha convertido en una expresión de piedad popular que los sociólogos de la región describen como una lenta metamorfosis cultural de un precepto religioso.
Esa metamorfosis no es exclusiva de Bangladés. En Indonesia, el Muharram se asocia cada vez más con la atención a los huérfanos: mezquitas y fundaciones organizan colectas y actividades lúdicas para los niños sin padres, inspiradas en el hadiz que promete el paraíso a quien los ampare. En Nigeria, los líderes religiosos advierten contra las prácticas de duelo excesivo —golpearse el pecho, rasgar las vestiduras— que el Profeta prohibió, y recuerdan que la santidad del día fue establecida antes del nacimiento de Husein. Mientras, en las callejuelas de Daca, al caer la noche, el imambara apaga sus luces para la ceremonia del ‘sam-e-gariba’, un majlis a oscuras que conmemora la soledad de los huérfanos de Karbala. En ese instante, el único resplandor proviene de las velas que los fieles han encendido, diminutas llamas que tiemblan en la penumbra como una pregunta que nadie se atreve a formular en voz alta.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Ashura se presenta como una tradición musulmana arraigada en los primeros días del Islam, directamente inspirada en el Yom Kippur judío. El artículo explica su significado religioso de manera distante e histórica, destacando la herencia abrahámica compartida.
El mes sagrado de Muharram se enmarca como un tiempo de introspección espiritual, educación moral y solidaridad social. Sermones y comentarios instan a los creyentes a proteger sus corazones de la calumnia, fortalecer los lazos familiares mediante una conducta ejemplar y cuidar de los huérfanos, convirtiendo el Año Nuevo islámico en un momento de renovación personal y comunitaria.
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