
Trump jubila el histórico Air Force One y estrena un avión qatarí bajo sospecha ética
La Casa Blanca despidió al Boeing 747 que sirvió a presidentes desde 1990, mientras un aparato donado por la familia real de Qatar asume el rol de forma provisional en medio de críticas por seguridad y posibles sobornos.
El Boeing 747-200B que durante 35 años transportó a los mandatarios estadounidenses bajo el indicativo Air Force One realizó su último vuelo oficial la madrugada del jueves, al retornar de la cumbre del G7 en Francia. El director de Comunicaciones de la Casa Blanca, Steven Cheung, despidió a la aeronave con un mensaje bíblico —“bien hecho, buen y fiel siervo”—, mientras el protocolo de despedida se multiplicaba en redes sociales. La jubilación del VC-25A, que entró en servicio con George H. W. Bush, no es un mero relevo técnico: abre paso a una solución provisional profundamente controvertida, un Boeing 747 donado por la familia real catarí que el Pentágono ha remodelado en Texas por 400 millones de dólares y que ya luce los colores rojo, blanco y azul oscuro elegidos personalmente por Donald Trump.
La aceptación del regalo qatarí, valorado en cientos de millones, ha generado inquietud en múltiples capitales. Desde Washington, legisladores de ambos partidos y exfuncionarios de seguridad han advertido sobre posibles vulnerabilidades en un aparato que no fue concebido originalmente para misiones presidenciales y que, pese a ser desmontado y reensamblado para integrar equipos de comunicación y defensa, mantiene los lujosos interiores de cuero diseñados para la realeza del Golfo. Analistas en Bruselas y Madrid observan con perplejidad cómo un aliado estratégico de Washington en Medio Oriente entrega un obsequio que los demócratas califican directamente de “soborno”, mientras Trump defiende la operación como un ahorro para el contribuyente frente a los 5.600 millones presupuestados para los dos nuevos VC-25B que Boeing no entregará hasta al menos 2029. La polémica se amplifica en América Latina, donde expertos en transparencia de Ciudad de México y Buenos Aires trazan paralelismos con los debates regionales sobre financiamiento privado de bienes públicos y captura de élites.
El relevo en el transporte presidencial coincide con una transformación más amplia del poder aéreo estadounidense. La Fuerza Aérea acaba de adjudicar los primeros contratos del programa Collaborative Combat Aircraft (CCA) a General Atomics y Anduril para producir alas robóticas —los modelos FQ-42 Dark Merlin y FQ-44 Fury— que volarán como escoltas no tripulados de cazas tripulados, extendiendo la conciencia situacional y absorbiendo fuego enemigo. Desde Nueva Delhi, donde la India desarrolla su propio guerrero robótico CATS Warrior, se interpreta este paso como el inicio de una era en que el piloto se convierte en comandante de misión y las plataformas no tripuladas asumen el riesgo. La misma institución que opera el Air Force One está redefiniendo el combate aéreo con enjambres de aeronaves autónomas, lo que subraya la dualidad de una superpotencia que moderniza a la vez sus símbolos y sus capacidades letales.
El futuro inmediato depara incógnitas. La Fuerza Aérea ha indicado que los viejos VC-25A permanecerán en la flota, pero su rol exacto no está definido. El avión qatarí, que completó sus pruebas en junio con un vuelo circular en Texas, se espera que entre en servicio este verano y podría debutar con un viaje de Trump al Monte Rushmore para las celebraciones del 250 aniversario de la independencia. El mandatario ha anunciado que, al dejar el cargo, se quedará con la aeronave para exhibirla en su biblioteca presidencial de Miami, un gesto sin precedentes que mantiene vivo el debate sobre los límites entre lo público y lo privado en la democracia estadounidense. Mientras tanto, la revolución de los alas robóticas avanza silenciosamente, recordando que el relevo del avión presidencial es solo la cara más visible de una reconfiguración profunda del instrumento aéreo de Estados Unidos.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Trump retira el histórico Air Force One y lo reemplaza con un jet donado por Qatar, una medida que genera polémica y sospechas de influencia extranjera. La despedida de la aeronave que sirvió a los presidentes durante 35 años está marcada por mensajes retóricos, mientras el nuevo avión regalado por la familia real catarí alimenta el debate sobre la transparencia.
Catar se prepara para ver su jet donado entrar en servicio como el nuevo Air Force One, tras la jubilación del histórico Boeing. Un gesto de generosidad que fortalece los lazos entre Doha y Washington, celebrado como una contribución tecnológica a la aviación presidencial.
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