
Travis Scott ante el verso homérico: la 'Odisea' de Nolan desata una fiebre cultural global
Del pánico de un rapero en un castillo italiano al furor por los baldes de pochoclo, la adaptación del clásico reconfigura las fronteras entre cultura pop y legado antiguo.
En el primer día de rodaje, dentro de un castillo italiano, Travis Scott se subió a una mesa de madera para recitar a Homero ante Christopher Nolan y un elenco encabezado por Anne Hathaway y Tom Holland. «Estaba muerto de miedo —confesó el rapero a Variety—. No era la locura de un concierto; era algo serio». Nolan lo puso a prueba: quería un actor que sostuviera la atención con la poesía orquestada de la Grecia Antigua, no una estrella musical. Esa escena inaugural encapsula la apuesta del director británico: fusionar el pulso del blockbuster contemporáneo con la densidad de un mito fundacional.
El estreno de The Odyssey en julio de 2026 se convirtió en un fenómeno de taquilla inmediato: 264 millones de dólares en su primer fin de semana global y una caída de apenas el 30 % en el segundo, algo inédito para una superproducción de clasificación R en Norteamérica, según datos de Rentrak. El formato IMAX de 70 mm —del que sólo existen 41 salas en el mundo— agotó localidades durante semanas. Más allá de las cifras, la crítica ha debatido el enfoque de Nolan. El académico Jorge Ayala Blanco, en El Universal, describió el filme como un «objeto sórdido, tenebroso, hermético», alejado de la épica convencional; mientras que en The Atlantic se subrayó su «atmósfera atormentada por lo divino», con ecos del cristianismo que transforman la moral pagana en una meditación sobre la culpa.
El eco del poema homérico trascendió la pantalla y generó una marea de fenómenos a su alrededor. En Estados Unidos, la cadena AMC lanzó un balde de pochoclo con forma de Caballo de Troya a 70 dólares: se agotó en línea, y las ventas de recipientes coleccionables —que ya representan hasta el 36 % de los ingresos de algunos cines— se encaminan a duplicar las de 2023. En Gottsunda, Suecia, un circo-teatro ofreció Monster och gudar, una adaptación infantil de los mitos griegos donde un cíclope en carne y hueso aterroriza a los más pequeños. En el mundo hispanohablante, la editorial Sexto Piso rescató la trilogía en cómic Ulises, de Sébastien Ferran, y la prensa latinoamericana reivindicó el carácter popular del relato. «La Odisea —escribió La Jornada— es tan cercana como su origen».
Esa transversalidad se apoya en la resonancia atemporal del viaje de Odiseo. Matt Damon, que a los 55 años se sometió a una dieta sin gluten para alcanzar los 76 kilos —su peso de la secundaria—, encarna a un héroe «magro y fuerte», marcado por la guerra y el desarraigo. La preparación física, que calificó de «régimen de atleta», se convirtió en metáfora de un retorno que interpela a cualquier espectador. Analistas en Buenos Aires y Madrid coinciden en que la cinta reaviva preguntas universales: ¿es posible volver a casa sin ser otro? ¿Puede un artificio narrativo —un caballo de madera, un guion cinematográfico— alterar el curso de una civilización?
Veinte años después del asedio de Troya, el perro Argos reconoce a su amo disfrazado de mendigo y muere en paz. Nolan mantiene ese instante en la película: un animal viejo, abandonado en un estercolero, que agita la cola antes de cerrar los ojos. Tal vez ahí, en ese gesto mínimo de lealtad que atraviesa los siglos, se condense el poder de un mito que hoy llena salas IMAX y hace que un rapero tiemble al declamar versos de hace tres milenios.
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