
Megaconstelaciones de satélites, exoplanetas y bases lunares redefinen la agenda espacial
Un estudio del Observatorio Europeo Austral alerta sobre el impacto de hasta 1,7 millones de satélites, mientras la NASA adjudica contratos para un asentamiento lunar y se confirma la supervivencia de un planeta gigante tras la muerte de su estrella.
La constatación de que más de 1,7 millones de satélites podrían saturar la órbita terrestre en las próximas décadas ha llevado al Observatorio Europeo Austral (ESO) a cuantificar por primera vez el efecto de estas megaconstelaciones sobre la astronomía óptica. El estudio, publicado en Astronomy & Astrophysics, calcula que el brillo acumulado del cielo nocturno aumentaría hasta hacer invisibles objetos celestes débiles y que las estelas luminosas de los artefactos —en especial los diseñados para reflejar luz solar, como los 50.000 satélites espejo previstos por la empresa estadounidense Reflect Orbital— podrían inutilizar hasta el 28 % del campo de visión de telescopios como el Very Large Telescope en Chile. La investigación fija en 100.000 el número máximo de satélites que permitiría preservar la observación desde tierra, siempre que su magnitud se mantenga por debajo del umbral de visibilidad a simple vista.
El mecanismo del deterioro es doble. Por un lado, cada satélite iluminado por el Sol deja un trazo brillante en las imágenes de larga exposición, ocultando galaxias lejanas, exoplanetas similares a la Tierra y asteroides potencialmente peligrosos. Por otro, la luz difusa de constelaciones como Starlink —que ya opera 10.000 unidades y planea un millón adicional para centros de datos orbitales— eleva el resplandor de fondo del firmamento. Desde la óptica de los astrónomos europeos, el cielo en lugares remotos como el desierto de Atacama o el Sáhara adquiriría el aspecto de una periferia urbana, incluso cuando los haces reflejados no apunten directamente al observador. El ESO, junto con la Royal Astronomical Society y la Unión Astronómica Internacional, ha trasladado estas conclusiones a la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos, que examina las solicitudes de SpaceX y Reflect Orbital.
En paralelo, la exploración científica del cosmos avanza en otros frentes. Un equipo de la Universidad escocesa de Saint Andrews, con datos del telescopio espacial James Webb, ha analizado la atmósfera del exoplaneta WD 1856 b, un gigante gaseoso del tamaño de Júpiter que orbita una enana blanca a 80 años luz. El estudio, publicado en Nature, revela una temperatura atmosférica de entre 117 y 139 °C, más del doble de lo esperado, lo que los investigadores interpretan como calor residual de un episodio de calentamiento ocurrido hace miles de millones de años. Este hallazgo, basado en la espectroscopía de tránsito de un único planeta, refuerza la hipótesis de que ciertos planetas gaseosos pueden sobrevivir a la fase de gigante roja de su estrella y migrar posteriormente hacia órbitas cercanas, alterando la cronología aceptada sobre el destino de los sistemas planetarios.
En el ámbito de la exploración tripulada, la NASA ha adjudicado contratos por 590 millones de dólares a las empresas Astrobotic, Firefly e Intuitive Machines para misiones de carga a la superficie lunar, como primer paso hacia una base permanente en el polo sur de la Luna. El programa, con un coste total estimado de 30.000 millones de dólares, prevé completar su fase inicial en 2028 y desplegar hábitats presurizados y generadores eléctricos en la década de 2030. La iniciativa se enmarca en la competencia con China por la presencia estable en el satélite, donde se sospecha la existencia de hielo de agua aprovechable. Sin embargo, persisten incertidumbres técnicas: la explosión en mayo de un cohete New Glenn de Blue Origin ha retrasado el envío del módulo de aterrizaje Blue Moon, y la propia NASA estudia vectores alternativos.
El próximo hito regulatorio será la decisión de la FCC sobre las licencias de SpaceX y Reflect Orbital, que definirá el ritmo de despliegue de las megaconstelaciones. En el plano científico, los astrónomos aguardan nuevas observaciones con el James Webb para confirmar la composición de aerosoles en WD 1856 b, mientras que la viabilidad del asentamiento lunar se medirá por el éxito de los primeros alunizajes robóticos contratados, previstos para los próximos dos años.
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Un nuevo estudio advierte que la carrera comercial por llenar la órbita terrestre baja con hasta 1,7 millones de satélites podría tener consecuencias devastadoras para la astronomía. El cielo nocturno se volvería más brillante y los telescopios perderían grandes porciones de sus imágenes debido a las estelas de los satélites. Los investigadores instan a un límite global de 100.000 satélites para preservar nuestra capacidad de estudiar el universo.
La NASA se dispone a construir una base permanente en la Luna, respaldada por un presupuesto de 30.000 millones de dólares, mientras Estados Unidos busca mantener su liderazgo espacial en una feroz competencia con China. Ya se han adjudicado contratos iniciales a empresas privadas para el envío de instrumentos científicos y tecnología. El puesto lunar se presenta como un activo estratégico en la nueva carrera espacial.
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