
La inteligencia artificial redefine economías emergentes, pero su factura ambiental inquieta al mundo
El auge de la inteligencia artificial en India, Kenia e Indonesia impulsa la innovación, pero el consumo de recursos naturales de los centros de datos desata protestas en Estados Unidos.
Los datos reflejan la paradoja: el subcontinente indio consumió alrededor de 150.000 millones de litros de agua en 2024-25 solo para refrigerar sus centros de datos, una cifra que podría llegar a 358.000 millones en 2030, según estimaciones de centros de estudios locales. Entrenar un único modelo de inteligencia artificial puede generar emisiones equivalentes a las de cinco automóviles durante toda su vida útil y produce residuos electrónicos no reciclables, advierten analistas ambientales. En Estados Unidos, más de mil cuatrocientas instalaciones similares operan ya, y la oposición ciudadana ha forzado a varios condados a imponer moratorias o prohibir nuevas construcciones.
En paralelo, la adopción de la IA avanza sin pausa en los servicios financieros y el comercio digital. En Kenia, las entidades bancarias utilizan algoritmos para anticipar desde solicitudes de hipotecas hasta señales tempranas de impago, al tiempo que el 89% de los consumidores recurre a herramientas de IA durante sus compras, según un sondeo de alcance regional. Indonesia, por su parte, ha celebrado foros de liderazgo empresarial para impulsar la ventaja competitiva mediante la automatización inteligente, y los bancos del Golfo Pérsico promueven la alfabetización financiera digital entre sus clientes.
Este despliegue tecnológico ocurre en un contexto económico complejo. En su intento por restaurar el liderazgo de Nairobi como centro de conexiones aéreas en África oriental, Kenya Airways busca captar al menos 1.500 millones de dólares para sanear sus finanzas, mientras el banco central flexibiliza los plazos de los préstamos de emergencia a entidades en dificultades y prevé un déficit de cuenta corriente del 3% del PIB por el encarecimiento de los combustibles. A la vez, la agencia de suministros médicos de Kenia recibe un aumento presupuestario del 302% para cubrir el vacío dejado por donantes internacionales. Desde la óptica de algunos analistas africanos, la experiencia de operar bajo incertidumbre dota al continente de una resiliencia que hoy interesa al resto del mundo.
La tensión entre el potencial transformador de la IA y su huella ecológica no es exclusiva de las potencias tecnológicas. En América Latina, donde países como Chile o Brasil atraen inversiones para nuevos centros de datos, surgen interrogantes similares sobre el estrés hídrico y energético que generan. El debate, lejos de estar resuelto, apunta a la necesidad de marcos regulatorios que concilien la ambición digital con la protección de recursos vitales. La factura es global y, según coinciden expertos de distintas latitudes, ignorarla comprometería la promesa misma de una inteligencia que se pretende artificial.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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India aims to become an AI superpower, but its data centers already consume 150 billion liters of water annually, a figure set to triple by 2030. The article presents CEEW data with a concerned but not condemnatory tone, acknowledging the environmental cost as a necessary price for development.
AI is celebrated as a transformative force, but its environmental impact is often overlooked. The article highlights the paradox: technological progress at an ecological cost, urging consideration of the hidden resources behind innovation. The tone is critical of uncritical AI enthusiasm.
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