
La chaqueta de YPF y el frío que no se enciende: los ritos que atan a Milei al sillón de Olivos
El presidente argentino no acudirá a la final del Mundial de 2026 en Nueva Jersey por una superstición que comparte con millones de compatriotas: la cábala de no alterar la rutina cuando el equipo gana.
El calor era insoportable. En pleno invierno austral, Javier Milei veía el partido contra Suiza sin encender la calefacción, envuelto en una gruesa chaqueta de la petrolera YPF. Agobiado, se la quitó. En ese instante, Suiza marcó un gol. El presidente volvió a ponérsela de inmediato y, según relató a la radio El Observador, no se la ha vuelto a sacar. Argentina terminó ganando 3-1 aquel duelo de cuartos de final, y la prenda se convirtió en un amuleto irrenunciable.
Esa escena doméstica explica por qué Milei no estará el domingo en el estadio MetLife de Nueva Jersey, donde Argentina defenderá su título mundial ante España. “De ninguna manera”, respondió cuando le preguntaron si viajaría para acompañar al presidente estadounidense Donald Trump y al rey Felipe VI, quienes sí han confirmado su presencia. El mandatario argentino seguirá el partido desde la sala de cine de la Quinta de Olivos, el mismo lugar donde ha visto todos los encuentros de la Albiceleste en este torneo, siempre junto a su hermana Karina, secretaria general de la Presidencia.
La decisión no es una excentricidad aislada. En Argentina, las cábalas —rituales y hábitos que se cree atraen la buena suerte— son una segunda piel durante los mundiales. Los testimonios recogidos por agencias internacionales dibujan un país donde la lógica se suspende: hay hinchas que no lavan sus camisetas desde que comenzó la copa, familias que obligan al perro a mirar hacia otro lado si el equipo no marca, y grupos de amigos que leen la Biblia en el minuto exacto en que Messi anotó por primera vez. Un hincha del barrio de Liniers, Andrés González, explicó que en su casa “nadie puede levantarse del lugar donde estaba sentado la última vez que Argentina hizo un gol”, y que si alguien va al baño en el momento del tanto, “se queda ahí hasta el final del partido”.
La sociología local encuentra en estas prácticas un mecanismo de participación. Diego Murci, sociólogo citado por la prensa francesa, sostiene que los argentinos “no se sienten espectadores, sino parte del acontecimiento”, y que los ritos les dan la ilusión de influir en el resultado. La tradición alcanza incluso a los presidentes. En 1990, Carlos Menem visitó a la selección justo antes de una sorpresiva derrota ante Camerún y fue tildado de “mufa”, un estigma que ningún mandatario en ejercicio ha querido repetir desde entonces. Milei, que se define como anarcocapitalista y libertario, se pliega así a una fe colectiva que no distingue ideologías.
Mientras en Nueva Jersey se prepara el palco de honor, en Olivos la ceremonia será íntima y repetida. La chaqueta de YPF seguirá puesta, la calefacción apagada y la hermana del presidente ocupará su butaca de siempre. A miles de kilómetros, en algún congelador bonaerense, una figurita de un jugador español espera, envuelta en papel, a que la cábala haga su trabajo.
| Prensa latinoamericana | +0.10 | neutral |
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| Prensa europea continental | −0.20 | neutral |
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Milei mantiene su tradición: la cábala es sagrada, y la final se ve desde Olivos con la chaqueta de la suerte.
La narrativa normaliza la superstición al insertarla en la pasión futbolística argentina, usando las propias palabras del presidente para hacerlo simpático y cercano al hincha.
Se omite cualquier crítica o sugerencia de irracionalidad, lo que podría hacer que el presidente parezca menos serio.
El presidente argentino muestra una superstición irracional al negarse a viajar para la final.
El informe utiliza la etiqueta 'superstitieux' para criticar sutilmente, implicando que un líder debería ser racional y no gobernado por tales creencias.
El detalle humorístico sobre sudar y el contexto cultural de la cábala como práctica común se omiten, haciendo que la decisión parezca más excéntrica.
El presidente argentino explica su decisión de no asistir a la final por superstición, un hecho curioso pero intrascendente.
La historia presenta la decisión como una explicación directa sin comentarios, haciéndola parecer intrascendente y no digna de noticia.
La normalización cultural de la cábala y los comentarios humorísticos del presidente se omiten, despojando a la historia de su color local.
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