
Irán aterriza en EE UU en el día del acuerdo de paz y bajo un fuerte dispositivo de seguridad
La selección iraní llegó a Los Ángeles horas antes de que se anunciara el fin de las hostilidades, en un torneo marcado por la guerra, las protestas de la diáspora y los obstáculos logísticos.
El vuelo de la selección iraní procedente de Tijuana aterrizó en Los Ángeles en la tarde del domingo, apenas unos minutos antes de que Washington y Teherán sellaran un acuerdo para poner fin a meses de guerra. La coincidencia —casi teatral— resumió la naturaleza excepcional de esta Copa del Mundo: es la primera vez que un país anfitrión, Estados Unidos, recibe a una nación con la que ha estado en conflicto armado. Los jugadores del Team Melli, con el capitán Mehdi Taremi y el seleccionador Amir Ghalenoei al frente, descendieron del avión y se encontraron con un perímetro de vallas de seguridad, vigilancia con drones y un silencio cargado de tensiones geopolíticas. Al día siguiente, en el SoFi Stadium de Inglewood, debutarán ante Nueva Zelanda envueltos en un ambiente que oscila entre la esperanza de paz y el amargo recuerdo de los bombardeos.
La preparación del equipo ha sido, en palabras de su entrenador, “claramente impactada” por las restricciones estadounidenses. La concentración prevista en Arizona se trasladó de urgencia a México tras la denegación de visados a más de una decena de auxiliares, fisioterapeutas y directivos. El capitán Taremi fue aún más directo ante la prensa: “Nadie ha preguntado sobre fútbol. La tensión nos ha robado la alegría de un Mundial”. Analistas en Teherán señalan que el desplazamiento forzoso entre Tijuana y las sedes en suelo estadounidense —Los Ángeles, Seattle y de vuelta a la frontera tras cada partido— añade un desgaste físico y mental que ninguna otra selección sufre. Medios europeos califican la situación de inédita y critican a la FIFA por no garantizar condiciones equitativas, mientras que desde Latinoamérica se recuerda que vetos similares han sido excepcionales en la historia de los torneos.
Los Ángeles, con la mayor comunidad iraní fuera de su país —el llamado “Tehrangeles”—, se convierte en un campo de batalla emocional. Las previsiones de la federación neozelandesa estiman que apenas cinco mil de los setenta mil espectadores animarán a los All Whites; el resto serán mayoritariamente aficionados iraníes o manifestantes con banderas preconstitucionales del león y el sol. Fuentes de la diáspora en California confirman que una parte del público acudirá a protestar contra el régimen de Teherán, mientras que otra apoyará a los futbolistas como símbolo de orgullo nacional. Las fuerzas policiales desplegaron barricadas en torno al hotel de la delegación y se emitieron amenazas de boicot que mantienen en vilo a los organizadores.
Pese a la firma del alto el fuego, el futuro inmediato es incierto. El combinado de Amir Ghalenoei, que nunca ha superado la fase de grupos en siete participaciones, sabe que Nueva Zelanda —la selección de ranking más bajo del grupo— representa la gran oportunidad para soñar con octavos. Pero viajarán, jugarán y dormirán en un intermitente ir y venir entre dos países que apenas horas antes se disparaban misiles. El propio Taremi lanzó una pregunta que sobrevuela el torneo: si el fútbol es capaz de unir culturas, ¿por qué su selección tuvo que suplicar visados y esconderse en campamentos ajenos? La respuesta, para millones de espectadores, empezará a escribirse esta noche sobre el césped.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El equipo iraní aterrizó en Los Ángeles bajo un humillante dispositivo de seguridad —cordones policiales, vigilancia con drones— que evidenció la hostilidad estadounidense. La supuesta buena voluntad de Washington queda desmentida por el trato obstructivo, lo que desató una fuerte indignación en los medios de Teherán. Aun así, la presencia del combinado se celebra como un acto de orgullo nacional en terreno adverso.
Con el anuncio del pacto de paz apenas unas horas antes, la llegada de Irán a Los Ángeles convierte el relato de guerra en uno deportivo. El fin de las hostilidades permite al equipo centrarse en el fútbol, alivio pragmático bien recibido por los comentaristas israelíes. El seleccionador afirmó sentirse feliz de representar a una nación orgullosa, sugiriendo que el torneo puede ayudar a pasar página de los conflictos recientes.
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