
El auge de los centros de datos dispara la demanda eléctrica y tensa los objetivos climáticos
La fiebre por la inteligencia artificial obliga a revisar los planes energéticos ante el consumo voraz de agua y electricidad, mientras compañías como Meta abandonan pactos de energías limpias.
La reciente salida de Meta de la iniciativa RE100, que agrupa a corporaciones comprometidas con el uso exclusivo de energías renovables, marca un punto de inflexión en la tensión entre la digitalización acelerada y las metas climáticas. Según confirmó la matriz de Facebook e Instagram, sus inversiones en nuevas centrales de gas natural —10 de ellas vinculadas a su centro de datos Hyperion en Luisiana— le impidieron cumplir los criterios técnicos de Climate Group, la entidad gestora. Microsoft, por su parte, reportó un aumento del 25% en sus emisiones de gases de efecto invernadero durante el último año, hasta 20,3 millones de toneladas de CO₂ equivalente, fenómeno que atribuye a la expansión de infraestructura para la nube y la inteligencia artificial generativa.
Este viraje coincide con registros de demanda eléctrica sin precedentes en economías emergentes que albergan nuevos polos tecnológicos. México alcanzó un consumo máximo histórico de 54.300 megavatios la noche del jueves pasado, impulsado —según la Comisión Federal de Electricidad (CFE)— no por el aumento poblacional sino por el nearshoring y los centros de datos, cuyas necesidades de potencia han pasado de 10-20 MW a 200-300 MW por proyecto. En Italia, las solicitudes de conexión a la red de alta tensión para centros de datos suman 520 pedidos con una capacidad total de 96 gigavatios, 160 veces la potencia instalada actual, aunque analistas del Politécnico de Milán advierten que una porción significativa de esas peticiones son especulativas: promotores inmobiliarios reservan potencia para revalorizar terrenos sin tener un operador confirmado.
El impacto hídrico emerge como el otro frente crítico. Un solo centro de hiperescala puede consumir hasta 19 millones de litros diarios de agua, equivalentes al gasto de 50.000 habitantes. En América Latina —que concentra cerca del 5% de los centros globales, con Brasil, México y Chile a la cabeza—, regiones como Querétaro ya sufren cortes de suministro y apagones más frecuentes, mientras la Patagonia argentina se prepara para recibir instalaciones de OpenAI. Organizaciones locales y expertos en Perú subrayan el vacío regulatorio que permite la instalación sin consulta comunitaria ni evaluación integral de impacto ambiental. Google, en respuesta a este tipo de presiones, ha diseñado un plan para ser “water positive” hacia 2030, con 165 intervenciones en 97 cuencas hidrográficas de riesgo, financiado con más de 500 millones de dólares en infraestructura de tratamiento de aguas residuales.
En el horizonte inmediato, los operadores de redes en Europa y Norteamérica deberán decidir qué proporción de las solicitudes de conexión son viables sin comprometer la estabilidad del sistema. La Unión Europea evalúa endurecer los criterios de su taxonomía energética para exigir mayor transparencia en el uso de recursos y límites de capacidad por territorio, mientras que en países como México las autoridades preparan planes de modernización de la red para absorber fluctuaciones provocadas por grandes consumidores industriales. El equilibrio entre soberanía digital y sostenibilidad ambiental define la agenda energética de la próxima década.
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