
De Varenna a Folkestone: la rebelión de los pueblos contra la piel desnuda y el sándwich playero
Un pueblo italiano multa con 200 euros el torso desnudo fuera de la playa, mientras en Apulia los concesionarios quieren prohibir la comida casera bajo la sombrilla.
En un vagón de tren sofocante rumbo a la costa de Kent, una pasajera se encoge en una esquina, rodeada de torsos desnudos, bikinis minúsculos y una humedad pegajosa que multiplica el contacto involuntario con la piel ajena. La escena, descrita por la periodista británica Helen Coffey durante una ola de calor en Folkestone, no transcurre en una playa sino en el transporte público que conduce a ella. Hombres sin camiseta, mujeres con prendas que apenas cubren el cuerpo y una sensación de que, al subir la temperatura, las normas de la convivencia urbana se evaporan. Esa misma semana, a mil kilómetros de distancia, el pequeño municipio de Varenna, a orillas del lago de Como, decidió poner fin a imágenes similares con una ordenanza que sanciona con hasta 200 euros a quien camine por sus callejuelas empedradas en bañador o con el pecho al aire.
La medida, impulsada por el alcalde Mauro Manzoni, no es un capricho estival. Varenna cuenta con unos 650 residentes fijos y recibe en temporada alta hasta 17.500 visitantes diarios, una proporción de 25 turistas por cada habitante. “La calidad de vida de nuestros vecinos no puede sacrificarse en el altar del turismo de masas”, declaró Manzoni a medios italianos. La ordenanza, que excluye playas y embarcaciones, se complementa con un límite de 25 personas por grupo guiado y la prohibición de altavoces para los guías, con sanciones de hasta 400 euros y la posible suspensión de actividad durante un año. Desde la óptica de los comerciantes locales, la norma ha sido recibida con alivio: “En la playa puedes hacer lo que quieras, pero al caminar por el pueblo, al entrar en tiendas, restaurantes o iglesias, hay que vestir con decoro”, resumió un tendero.
La iniciativa de Varenna se inscribe en una constelación de reglas que, desde hace años, intentan domeñar los efectos del turismo de masas sobre el paisaje y la vida cotidiana. En Sorrento, pasear solo en traje de baño puede costar 500 euros; en Portofino, detenerse a hacerse un selfi en ciertas zonas acarrea multas de hasta 275 euros; en Venecia, mostrar el torso desnudo fuera de las áreas de baño se castiga con 350 euros. La lista se extiende más allá de la vestimenta: en playas de Cerdeña está prohibido llevarse arena o conchas —en la Spiaggia della Pelosa incluso las toallas requieren una esterilla aislante para no atrapar granos de arena—, y en la Spiaggia Rosa el acceso está vedado y sustraer arena puede acarrear sanciones de 3.500 euros. En España, alrededor de 600 arenales prohíben fumar; en Francia, la multa por encender un cigarrillo en la playa asciende a 135 euros; en Japón, los tatuajes, históricamente asociados a la criminalidad, pueden motivar que se invite a los bañistas a cubrirlos o abandonar la playa.
El debate no se limita a la indumentaria. En Apulia, al sur de Italia, los concesionarios de playas privadas han planteado prohibir la comida traída de casa, alegando que los pícnics multitudinarios generan residuos, dañan la imagen de los establecimientos y reducen el consumo en bares y restaurantes. La propuesta ha chocado con la legislación regional, que reconoce el derecho de los bañistas a consumir sus propios alimentos, y con la oposición del presidente de la región, Antonio Decaro, quien sentenció: “El mar es un bien común y no puede convertirse en un lujo”. Las asociaciones de consumidores, por su parte, denuncian que el precio de sombrillas y hamacas ha subido hasta un 50% en cinco años, lo que a su juicio convierte la restricción en un intento de exprimir aún más al visitante.
Mientras los ayuntamientos italianos despliegan ordenanzas y los operadores turísticos aprietan las tuercas del gasto, la imagen que perdura es la de un equilibrio frágil. En Varenna, el rumor de los grupos guiados ya no rebota en las fachadas; en Folkestone, la periodista que esquivaba torsos sudorosos en el tren fantasea con que su país adopte normas similares. La piel desnuda, el sándwich envuelto en papel de aluminio y el selfi improvisado se han convertido en los nuevos campos de batalla de una tensión antigua: la que enfrenta el derecho al ocio con el derecho a la vida cotidiana de quienes habitan los lugares que el verano transforma en escaparate.
| Prensa europea continental | −0.30 | critical |
|---|---|---|
| Prensa rusa y CEI | 0.00 | neutral |
| Prensa atlántica / anglosfera | +0.50 | aligned |
Rules are becoming increasingly absurd, but the problem of mass tourism is real: a balance between decorum and freedom must be found.
By juxtaposing various news items about bizarre rules from across Europe, the impression of a rampant and out-of-control phenomenon is created, normalizing the alarm.
The perspective of tourists who might feel penalized by excessive rules is not explored, nor is the positive economic impact of tourism discussed.
In Italy, in the village of Varenna, fines have been introduced for walking around in swimwear in public areas, with penalties from €50 to €200.
The news is reported without commentary or contextualization, presenting the rules as a fact, which normalizes them without judgment.
The overtourism context that led to these rules is not mentioned, nor are the reactions of residents or tourists.
We should adopt the same fines for bad beach behavior: here are seven habits that deserve penalties.
The author uses the Italian example as a pretext for a humorous list of behaviors to fine, turning a local news item into a personal and ironic policy proposal.
The reason why the Italian village introduced the fines (overtourism, protection of residents) is not explained, making the proposal superficial and decontextualized.
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