
De la batidora al wok: el ingenio culinario que recorre los fogones del mundo
Recetas que transforman sobras, granos humildes y vegetales olvidados en platos vibrantes reflejan una filosofía compartida de practicidad y creatividad en cocinas de São Paulo, Bombay, Melbourne o Bogotá.
El zumbido de una batidora interrumpe la quietud vespertina de una cocina en São Paulo. Leche, un huevo, harina, un chorro de aceite y una pizca de levadura se arremolinan hasta formar una masa fluida. No hay que mancharse las manos ni esperar levados: en minutos se extiende sobre una sartén caliente y, apenas burbujea, se cubre con salsa de tomate y queso. Es la pizza de liquidificador, una receta que circula con orgullo en portales brasileños como Band, donde la rapidez no está reñida con el aroma que envuelve la casa.
Esa misma pulsión por resolver la comida con lo que hay a mano y sin alardes técnicos une a cocineros caseros de latitudes muy distintas. En la India, Anahita Dhondy propone en su libro The Grain Kitchen unos makki ke dhokle —discos de harina de maíz y hojas de fenogreco cocidos al vapor— que se acompañan con ghee tibia. Mientras, en Australia, el Sydney Morning Herald recopila veinte recetas que sacan al brócoli del destierro de la cocción desabrida: lo carbonizan, lo asan con lima y menta o lo esconden en un gratinado de pollo con macarrones. En Bogotá, El Espectador exhibe una masa de maíz trillado amarillo que, enriquecida con fécula, se vuelve crocante al freírse y alberga un guiso de bondiola de cerdo, rematada con un ají de lulo. Y en Indonesia, Jawa Pos describe un salteado veloz de fideos con pollo y verduras que, con salsa de ostras y chile en escamas, despide una fragancia a puesto callejero.
Detrás de esta constelación de recetas late una filosofía de aprovechamiento y desenfado que se transmite tanto en cuadernos familiares como en redes sociales. En América Latina, el pan de ayer se transforma en budín, pan rallado o tostadas aromatizadas, según detalla el canal argentino TN, que rescata esa tradición de no tirar nada. La misma fuente muestra cómo una pechuga de pollo previamente marinada con miel, soja y maicena puede volverse jugosa en la sartén sin más truco. También desde Argentina, la voz autorizada del chef Donato de Santis —difundida por Radio Mitre— enseña a hacer sorrentinos de ricota, espinaca y parmesano con una paciencia de artesano, recordando que la pasta casera también es un lujo al alcance de quien dedica una tarde.
Estos relatos culinarios no pretenden pontificar ni competir con los fogones de autor. Más bien trazan un mapa de la inventiva doméstica global que, desde el sur asiático hasta Oceanía, convierte la restricción en oportunidad. Los mercados de especias indios, las verdulerías australianas, los maizales colombianos o las pollerías porteñas proveen la materia prima; el resto lo pone una mirada curiosa y la convicción de que cualquier ingrediente, por humilde que sea, puede brillar si se lo trata con respeto y unas gotas de imaginación.
Al final, entre el vapor de unas empanadas recién fritas y el tintineo de la cuchara sobre el budín de pan acaramelado, persiste una certeza: la cocina que realmente alimenta es la que se adapta, la que escucha el ruido de la batidora y responde con un plato caliente sobre la mesa.
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