
De Königsberg a Las Vegas: lo que Kant, Sinatra y el Corán dicen sobre una vida que baste
Una misma pregunta recorre la Ilustración europea, la espiritualidad islámica y la cultura popular estadounidense: ¿cómo se construye una existencia con sentido cuando solo se vive una vez?
En un cuarto sobrio de Königsberg, el 12 de febrero de 1804, Immanuel Kant dejó de hablar. Sus biógrafos recogieron el último aliento del filósofo en dos palabras: «Es ist gut» —está bien—. No era la resignación de un enfermo, sino la serenidad de quien había pasado décadas desmontando los límites de la razón para encontrar, al fondo, una arquitectura de la felicidad tan sencilla como exigente: algo que hacer, algo que amar y algo que desear. La fórmula, rescatada cada 22 de abril al cumplirse su natalicio, no promete placer continuo sino una vida orientada por un propósito, vínculos que sostengan y un horizonte de anhelo que no se convierta en tiranía.
Esa misma búsqueda de sentido recorre la tradición islámica con un lenguaje distinto. Desde Yakarta, los sabios recuerdan un hadiz que sacude la indiferencia: «Dos gracias en las que muchos hombres se engañan: la salud y el tiempo libre». El Corán, en la sura de los Creyentes, pregunta con severidad si acaso el ser humano piensa que fue creado sin finalidad y que no regresará a su Señor. La respuesta que ofrece la espiritualidad musulmana es un itinerario de cercanía a Dios —el único que, según un hadiz qudsí, llega a ser «el oído con el que oye y la vista con la que ve» de quien lo ama— y un tejido de hermandad (ukhuwah) donde el creyente no descansa hasta desear para el otro lo que desea para sí mismo. Hacer, amar y esperar se traducen aquí en obra, adoración y comunidad.
Del otro lado del Atlántico, en la América de los escenarios y los estudios de grabación, Frank Sinatra le puso voz a una certeza parecida sin necesidad de tratados. «Solo se da una vuelta, pero si juegas bien tus cartas, una vez es suficiente», solía decir. La frase, que la prensa anglosajona recupera como lección intergeneracional, no mide el éxito en fama o fortuna sino en la calidad de las decisiones. Para Sinatra, nacido en Hoboken en 1915 y dueño de una carrera que lo llevó del swing a la leyenda, jugar bien las cartas significaba tomar riesgos calculados, cultivar lealtades y, sobre todo, no quedarse atrapado en el lamento de lo que no fue. Su «My Way» se convirtió en un himno global precisamente porque cada oyente podía proyectar en él su propia idea de una vida que, al final, mereciera la pena.
Sin embargo, la historia y la Escritura advierten que el corazón humano tiende a ignorar lo que tiene delante. En la exégesis coránica que se estudia en Qom, los versículos finales de la sura de la Estrella y los iniciales de la sura de la Luna dibujan un patrón inquietante: imperios que se creyeron invencibles —Ad, Tamud, el pueblo de Noé— se desmoronaron porque confundieron la advertencia con magia. La luna se partió ante los ojos de los incrédulos de La Meca, relata el texto, y ellos dijeron: «Es un hechizo continuo». El problema, apuntan los comentaristas, no era la falta de pruebas sino la dureza de un alma aferrada a sus pasiones. La lección resuena más allá de la teología: una vida sin escucha, sin propósito que trascienda el yo, se convierte en un imperio íntimo que se derrumba en silencio.
En una esquina de Buenos Aires o de Madrid, alguien tararea «I did it my way» mientras el móvil muestra una notificación con la cita de Kant. A miles de kilómetros, en una mezquita de Java, el imán recuerda que el tiempo es la moneda de la existencia. Las tres reglas del filósofo, la hermandad del creyente, la carta bien jugada del cantante y la luna hendida del Profeta no forman un manual único, pero dibujan un mismo umbral: el instante en que una persona deja de simplemente durar y empieza a vivir de un modo que, cuando llegue el final, pueda decir en su propia lengua: está bien.
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Kant nos ofrece una arquitectura sencilla pero profunda para la felicidad: algo que hacer, algo que amar, algo que desear.
Apela a la autoridad de un filósofo clásico y presenta la idea como una síntesis coherente y accesible, haciéndola universalmente válida.
El Islam nos enseña que la verdadera felicidad se encuentra en la obediencia a Dios y el uso sabio del tiempo, no en las ilusiones mundanas.
Fundamenta su argumento en textos sagrados y tradiciones proféticas, presentando el mensaje como una verdad revelada y universal.
Frank Sinatra nos recuerda que la vida es solo una, pero si jugamos bien nuestras cartas, es suficiente.
Utiliza una cita icónica de una celebridad para hacer el mensaje accesible y memorable, apelando al sentido común.
El Corán nos muestra que los imperios más poderosos caen por su arrogancia; solo Dios es invencible.
Utiliza ejemplos históricos del texto sagrado para crear una lección moral universal, vinculando el orgullo humano con el castigo divino.
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