
Cuando el enemigo es interno: lecciones de Nigeria, Ghana y Suecia sobre la confianza rota
Desde la reintegración de insurgentes en Nigeria hasta las inundaciones en Ghana y la desconfianza política en Suecia, las sociedades se enfrentan al dilema de cómo sanar sin olvidar a las víctimas.
En el noreste de Nigeria, la sola posibilidad de reintegrar a antiguos insurgentes ha reabierto una herida profunda. Para las comunidades que durante más de una década han sobrevivido a la violencia de Boko Haram —miles de muertos, mujeres marcadas por abusos indescriptibles, economías desgarradas— la noticia de que algunos estados planean entregar viviendas a combatientes rehabilitados les parece una afrenta. No es un debate abstracto sobre reinserción: analistas en Lagos recuerdan que las víctimas no han sanado y que el Estado carece de «autoridad moral para perdonar en su nombre». La tensión revela una verdad incómoda: reparar el tejido social exige mucho más que programas de desarme, requiere un pacto de memoria y justicia que rara vez se negocia con los supervivientes.
Esa misma dificultad para repartir responsabilidades se refleja con crudeza en Ghana durante cada temporada de lluvias. Cuando las calles de Acra se convierten en ríos, la indignación popular señala sin titubeos al gobierno: alcantarillas bloqueadas, corrupción urbanística, negligencia. Pero voces como la de la analista Georgette Quarmyne han obligado a la sociedad ghanesa a mirarse en un espejo incómodo: los desagües están obstruidos porque los ciudadanos los colman de bolsitas de agua y residuos plásticos. Mientras tanto, la Asociación de Agentes Técnicos de Salud Pública de Ghana advierte con urgencia del riesgo de brotes de cólera, tifus y malaria, y el médico y comentarista político Arthur Kennedy sentencia que la repetición de las inundaciones expone una crisis de gobernanza democrática que trasciende gobiernos concretos. En Accra, el drama climático se ha vuelto un síntoma compartido del cortoplacismo institucional y la irresponsabilidad cotidiana.
Desde una latitud muy distinta, columnistas en el sur de Suecia añaden una advertencia complementaria sobre los peligros de la desconfianza sistémica. Cuando los ciudadanos son defraudados por quienes ejercen el poder —ya sea un antiguo vecino radicalizado o una política educativa rígida como el modelo No Excuses— la tentación de generalizar el desencanto puede desatar una espiral corrosiva. Si cada traición se interpreta como un patrón, el tejido social se ahoga en burocracia, control punitivo y miedo, erosionando precisamente los vínculos que permiten afrontar crisis colectivas. La reflexión nórdica resuena más allá de sus fronteras: construir confianza es tan estratégico como diseñar buenos sistemas de fiscalización, y sin ella los consensos necesarios para resolver problemas crónicos —desde inundaciones hasta reconciliaciones posconflicto— se vuelven inalcanzables.
Los tres escenarios trazan una cartografía común. En Nigeria, el dilema es cómo reintegrar sin banalizar el sufrimiento de las víctimas. En Ghana, cómo exigir cuentas al Estado sin eximir a la ciudadanía de su propia dejadez. En Suecia, cómo mantener el control sin matar la confianza. El hilo conductor es la dificultad de calibrar la balanza entre la culpa personal, la falencia institucional y la restauración colectiva. El futuro no se dirimirá solo en los gabinetes de crisis, sino en la capacidad de cada sociedad para articular una responsabilidad compartida que no diluya los agravios ni convierta la desconfianza en parálisis. La pregunta que queda flotando, desde los mercados abarrotados de Maiduguri hasta los suburbios anegados de Acra y los parlamentos nórdicos, es cómo sanamos juntos sin que el precio de la reconstrucción lo paguen siempre los mismos.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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La amnistía nigeriana a los insurgentes traiciona a las víctimas y refleja una pérdida de autoridad moral. Las inundaciones recurrentes en Ghana exponen una crisis profunda de gobernanza y un fracaso colectivo para abordar las causas de fondo. Además de criticar a los políticos, urgen medidas sanitarias y una reflexión social.
En vez de condenar a los líderes políticos, hay que entender que culpar constantemente genera desconfianza y una espiral punitiva. Los desastres repetidos en África Occidental recuerdan que construir confianza entre ciudadanos e instituciones es tan vital como las intervenciones técnicas. Se necesita un enfoque distanciado y pragmático, sin juzgar desde un pedestal moral.
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