
Cadena perpetua para el 'asesino de Gilgo Beach' que aterrorizó Nueva York durante dos décadas
Rex Heuermann, el arquitecto que llevaba una doble vida, admitió ocho asesinatos y escuchó la ira de las familias antes de ser sentenciado sin posibilidad de libertad condicional.
Rex Heuermann, el arquitecto de Long Island que durante años ocultó una vida secreta de violencia extrema, fue condenado este miércoles a múltiples cadenas perpetuas sin derecho a libertad condicional por los asesinatos de ocho mujeres entre 1993 y 2010. El juez Timothy Mazzei, visiblemente afectado, le impuso tres condenas consecutivas a perpetuidad y otras cuatro de 25 años a cadena perpetua, el máximo permitido por la ley de Nueva York. Heuermann, de 62 años, rompió su habitual silencio con un escueto «soy responsable» y, ante la pregunta del magistrado, asintió que sentía al menos un poco de remordimiento. La sentencia pone fin a uno de los misterios criminales más perturbadores del estado, aunque las heridas de las familias siguen abiertas.
El caso comenzó en diciembre de 2010, cuando los cuerpos de cuatro mujeres aparecieron envueltos en arpillera a lo largo de la remota Ocean Parkway, cerca de Gilgo Beach. Durante más de una década, la investigación pareció estancada, hasta que un equipo especial del FBI y la policía del condado de Suffolk logró vincular a Heuermann mediante patrones de teléfonos desechables y, sobre todo, gracias a un descuido cotidiano: el ADN extraído de los bordes de una pizza que el sospechoso arrojó a la basura coincidió con un cabello hallado en una de las víctimas. Desde la óptica europea, medios como el alemán Bild y el sueco Aftonbladet subrayaron la ironía de que una antigua empleada le insistiera siempre en que se comiera la corteza, sin imaginar que ese hábito lo delataría.
La audiencia de sentencia se convirtió en un torrente de dolor e indignación. Jasmine Robinson, prima de Jessica Taylor, le espetó: «Un millón de años no bastan; me llenas de una repugnancia insoportable». Otra familiar llamó a Heuermann «cobarde asqueroso» y «hombrecillo débil» que elegía mujeres menudas porque era incapaz de enfrentarse a alguien de su tamaño. El juez Mazzei, conteniendo las lágrimas, calificó al acusado de «ser humano despreciable y vil». En América Latina, donde la violencia contra mujeres en situación de vulnerabilidad es una herida abierta, analistas de México y Brasil señalaron que el caso de Gilgo Beach reaviva el debate sobre cómo las trabajadoras sexuales son ignoradas por los sistemas de justicia hasta que la acumulación de víctimas se vuelve imposible de ocultar.
Mientras cumple su condena en una celda segregada, Heuermann ha dedicado el tiempo a leer novelas policíacas violentas y a intercambiar una breve correspondencia con Keith Hunter Jesperson, el llamado «asesino de la cara feliz», quien inició el contacto. El sheriff del condado, Errol Toulon, expresó su preocupación por esas lecturas, aunque el recluso ya no representa un peligro físico para la sociedad. El desenlace judicial, celebrado por familiares y fiscales, deja sin embargo preguntas incómodas: ¿cómo pudo un profesional respetado, padre de familia, llevar una doble vida durante diecisiete años sin levantar sospechas? La respuesta, para muchos, yace en la invisibilidad social de sus víctimas, una realidad que esta sentencia no logra reparar del todo.
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Tras décadas de espera, los familiares de las víctimas de Gilgo Beach confrontaron a Rex Heuermann en el tribunal, llamándolo 'cobarde repugnante' y diciendo que ningún castigo será suficiente. El juez impuso la pena máxima de cadena perpetua sin libertad condicional, señalando la falta de remordimiento del asesino. El caso, que involucró el asesinato de ocho mujeres a lo largo de casi dos décadas, terminó con la declaración de culpabilidad y un ajuste de cuentas final para las familias.
Un tribunal de Long Island condenó a Rex Heuermann a cadena perpetua sin libertad condicional por los asesinatos de ocho mujeres cometidos entre 1993 y 2010. El exarquitecto se había declarado culpable y permaneció impasible durante la audiencia. El caso de Gilgo Beach, que llevó más de una década de investigación, ha llegado a su conclusión judicial.
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