
Catedral en llamas y guerra de versiones: el ataque aéreo ruso que sacudió el patrimonio espiritual de Kiev
Un bombardeo masivo con cientos de drones y misiles dañó gravemente la catedral de la Dormición, joya del siglo XI, mientras Moscú y Kiev se acusan mutuamente sobre la autoría del impacto.
La madrugada del lunes dejó una estampa difícil de borrar en el corazón espiritual de Ucrania: el techo de la catedral de la Dormición, situada en el monasterio de las Cuevas de Kiev (Pechersk Lavra), ardía tras una de las ofensivas aéreas más masivas lanzadas por Rusia en semanas. El ataque, que según fuentes ucranianas combinó 70 misiles y más de 600 drones contra la capital y otras ciudades como Járkov y Dnipro, causó al menos once muertos en todo el país. En Kiev, el fuego consumió parte de la estructura del templo del siglo XI, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, mientras los bomberos evacuaban iconos y reliquias para salvarlos de las llamas. El presidente Volodímir Zelenski calificó el suceso como “uno de los mayores crímenes rusos contra la cultura cristiana”, un sentimiento que encontró eco inmediato en las capitales europeas.
La atribución de responsabilidad desató de inmediato una guerra de narrativas. Desde Moscú, el Ministerio de Defensa negó categóricamente haber golpeado el monasterio y aseguró que el daño fue causado por un misil del sistema antiaéreo estadounidense Patriot que, según su versión, funcionó incorrectamente por haber caducado. La portavoz de Exteriores, María Zajárova, acusó a Occidente de fabricar un “nuevo bulo” y recordó los conflictos previos del gobierno ucraniano con la Iglesia ortodoxa canónica. En contraste, la óptica de Bruselas y las cancillerías occidentales fue unánime en la condena: el ministro de Exteriores italiano, Antonio Tajani, calificó el ataque de “gravedad excepcional” y prueba de que Rusia no desea la paz, mientras que desde París, el presidente Emmanuel Macron denunció un acto “injustificable” y prometió redoblar esfuerzos para un alto el fuego durante la cumbre del G7 en Evian.
El valor simbólico del lugar trasciende lo meramente religioso. Analistas en medios germanos y franceses subrayan que el monasterio de las Cuevas es para la ortodoxia eslava oriental lo que el Vaticano representa para el catolicismo: la cuna de una fe que Vladímir Putin ha invocado repetidamente para justificar su concepto de “unidad espiritual” entre Rusia y Ucrania. De ahí que el impacto haya sido leído por teólogos y ensayistas europeos como un acto que reduce a cenizas el propio relato histórico del Kremlin. En América Latina, la noticia resonó con fuerza en diarios como Reforma de México y Perfil de Argentina, que destacaron la paradoja de bombardear un templo emblemático justo después de que el patriarca ortodoxo ruso celebrara liturgias en San Petersburgo por el Día de Todos los Santos.
Más allá del choque de versiones, el ataque se produjo en un momento diplomático delicado. Horas antes, Putin y el presidente estadounidense Donald Trump habían sostenido una conversación telefónica, y Zelenski se preparaba para viajar a Francia con la intención de presionar a los líderes del G7 para obtener más sistemas de defensa aérea. La ofensiva también golpeó infraestructura civil y cultural más allá de la catedral: un museo nacional, una histórica productora cinematográfica y edificios residenciales resultaron dañados, dejando a 140.000 hogares sin electricidad en Kiev. Mientras Ucrania anunciaba que activaría todos los mecanismos internacionales para documentar lo ocurrido como un crimen de guerra, la comunidad internacional se enfrenta al desafío de verificar los hechos sobre el terreno en medio de una escalada que no distingue entre objetivos militares y el legado milenario de una nación.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Rusia lanzó un asalto masivo y brutal contra Kiev y Járkov, alcanzando deliberadamente la Catedral de la Dormición en el conjunto monástico declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, un acto de crueldad comparable al bombardeo de Notre-Dame. El ataque se produjo mientras Ucrania avanza en sus negociaciones de adhesión a la UE, lo que subraya la barbarie de Moscú y su desprecio por el patrimonio cultural. Personal de rescate civil murió en Járkov en un ataque de doble impacto, mientras el Kremlin intenta atribuir de forma inverosímil el incendio de la catedral a un misil antiaéreo ucraniano.
Ambas partes intercambiaron golpes letales durante la noche: un dron ucraniano alcanzó una zona residencial en Tula, Rusia, matando a tres civiles e hiriendo a un niño, mientras que masivas salvas de misiles y drones rusos golpeaban ciudades ucranianas, dejando nueve muertos. La espiral de ataques pone de relieve el alto costo civil de la guerra con drones en ambos frentes, y cada capital acusa a la otra de atacar objetivos no militares.
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