
La segunda ola de la IA: agentes autónomos y el desafío de generar valor real
Mientras la inteligencia artificial avanza hacia sistemas que ejecutan tareas sin supervisión, el 95% de las inversiones no logra resultados tangibles; la clave está en las personas y los procesos, no en la tecnología.
La inteligencia artificial está cruzando un umbral cualitativo: de los asistentes conversacionales que responden preguntas a los agentes autónomos que planifican, deciden y ejecutan flujos de trabajo completos sin intervención humana constante. Sin embargo, un informe del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) revela que el 95% de los proyectos de IA en empresas no generan valor medible, una brecha que consultores en Buenos Aires denominan la 'GenAI Divide'. El dato expone una paradoja: la tecnología acelera, pero las organizaciones no están preparadas para absorberla.
El problema, coinciden analistas en Ciudad de México y São Paulo, no reside en los algoritmos sino en la falta de bases sólidas de datos, procesos y talento. La siderúrgica mexicana TYASA dedicó meses a preparar su infraestructura híbrida y redujo un 30% los costos de licenciamiento. En Argentina, una metodología de cooperación inteligente aplicada a 60.000 empleados de Mercado Libre logró un 80% de cambio de comportamiento al medir la preparación emocional y la alineación de capacidades. En Brasil, la empresa Melvin incorporó IA a la gestión de mantenimiento industrial y obtuvo un 75% de retorno de inversión en menos de seis meses al entrenar modelos con datos operativos reales.
Este enfoque redefine el mapa laboral. Los trabajos repetitivos de conocimiento —analistas junior, diseñadores de producción en volumen— enfrentan una presión creciente, mientras que los profesionales con experiencia ganan un 'equipo de agentes' disponible las 24 horas. Un consultor en Buenos Aires construyó un software como servicio funcional por 400 dólares, un desarrollo que antes costaba 20.000. Al mismo tiempo, universidades como la chino-británica XJTLU integran la IA como materia obligatoria con énfasis en ética y pensamiento crítico, bajo la premisa de que el dominio de un campo es más valioso que la mera destreza técnica.
El siguiente paso es pasar de la experimentación a una integración estratégica que no deshumanice el trabajo. La IA agéntica debe gobernarse con responsabilidad social, reconfigurando flujos de trabajo para que la tecnología asuma la ejecución y el humano aporte criterio, empatía y supervisión ética. La recertificación de Melvin en normas ISO de calidad, seguridad de la información y privacidad de datos subraya que la madurez en la aplicación de IA ya es un diferenciador competitivo. El reto inmediato es escalar estas metodologías de cooperación inteligente sin repetir el ciclo de entusiasmo y desencanto que marcó la primera ola de adopción.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El ascenso de la IA agentiva marca el paso de asistentes pasivos a sistemas autónomos que ejecutan flujos de trabajo complejos. Sin embargo, el 95% de las inversiones en IA no generan resultados por deficiencias en datos, procesos y talento. Las empresas latinoamericanas buscan estrategias pragmáticas para cerrar esa brecha, con énfasis en bases sólidas y una automatización que no deshumanice el trabajo.
La inteligencia artificial se está convirtiendo en una materia universitaria obligatoria en el Sudeste Asiático a medida que la tecnología impregna todos los sectores. Este cambio curricular busca dotar a los graduados de habilidades para un mercado laboral impulsado por la IA, reflejando una adaptación pragmática y con visión de futuro.
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