
El Mundial 2026 arranca entre el fervor popular y la polémica por los precios prohibitivos
La Copa del Mundo en Norteamérica despierta entusiasmo en las gradas, pero los costos de las entradas, las dudas sobre el impacto económico y las denuncias de fraudes empañan la fiesta del fútbol.
El pitido inicial en Ciudad de México dio paso a una Copa del Mundo que ya es la más grande de la historia —48 selecciones, 104 partidos en 16 sedes— y también la más controvertida fuera del césped. Mientras las crónicas periodísticas y los videos virales celebran la hospitalidad estadounidense, desde el sur profundo hasta las autopistas de ocho carriles, y los estadios lucen llenos con un fútbol que el comentarista mexicano David Faitelson califica de “promisorio”, una sombra recorre las gradas: el costo de las entradas ha expulsado a una parte significativa de la afición tradicional. La presidenta Claudia Sheinbaum pidió a la FIFA “reflexionar” porque “el fútbol tiene que ser otra cosa”, un eco del malestar que llevó a un hincha estadounidense a renunciar a un crucero de lujo y a cuatro meses de salario para pagar 11.000 dólares por una localidad en la final.
Desde la óptica económica mexicana, el impacto prometido se desinfla. Moody’s Local proyecta apenas 768.000 visitantes para las tres sedes del país, muy lejos de los 5,5 millones que había estimado la Secretaría de Turismo, y calcula una derrama directa de 1.030 millones de dólares, modesta para un torneo que disputa solo 13 de sus 104 encuentros en territorio azteca. En Estados Unidos, el triunfo inaugural de la selección de Mauricio Pochettino disparó la demanda en el mercado de reventa, con incrementos de hasta el 136 % en algunos partidos, según datos de TicketData. Sin embargo, las imágenes de butacas vacías en varios encuentros —como el Canadá-Bosnia— obligaron a la FIFA a aclarar que las cifras oficiales reflejan boletos escaneados, no la ocupación visual en cada momento. Analistas europeos ironizan sobre una maquinaria mediática que vende “la mejor mitad de la historia” mientras los precios dinámicos convierten el fútbol en un espectáculo para pocos.
La tecnología es la otra gran protagonista. En los estadios mexicanos, sensores de internet de las cosas e inteligencia artificial se emplean para el mantenimiento predictivo de infraestructuras críticas, un salto que especialistas consideran clave para la resiliencia operativa. En Argentina, la transmisión en tiempo real y el streaming llevan el consumo digital a cifras récord, con picos de audiencia que confirman la centralidad del deporte en vivo. Pero la digitalización también abre flancos: la Procuraduría Federal del Consumidor mexicana atendió más de 200 casos por dudas con boletos digitales y presuntos fraudes, mientras legisladores panistas alertan sobre el aumento de estafas cibernéticas vinculadas a paquetes de viaje y sitios falsos. La industria de las apuestas, que algunos aficionados usan incluso para ver los partidos, registró un alza del 64 % en intentos de fraude.
Bajo la superficie de la fiesta late una pregunta incómoda: ¿para quién es realmente este Mundial? Medios bangladesíes lamentan que el “juego hermoso” que Pelé definió por su sencillez y universalidad se haya convertido en una “misión imposible” para las clases medias y bajas. La propia FIFA defiende su modelo: en un análisis desde Washington se argumenta que los precios bajos solo benefician a los revendedores, y que las tarifas actuales, aunque multiplican por diez las de Catar 2022, buscan capturar el valor real de un evento único. Sin embargo, un informe de la aseguradora Atradius recuerda que la mayoría de las Copas del Mundo cuestan a las ciudades anfitrionas más de lo que aportan, pese a las proyecciones de 40.900 millones de dólares en PIB global que maneja el organismo rector.
El torneo avanza con las selecciones favoritas aún por debutar y la promesa de más sorpresas. Pero el legado que dejará en Norteamérica se dirimirá tanto en las cuentas públicas como en la memoria de los aficionados. La reflexión que Sheinbaum lanzó desde Palacio Nacional resuena en las gradas semivacías y en los foros de reventa: si el fútbol se reduce a una variable de negocio, la fiesta planetaria corre el riesgo de quedarse sin su invitado más fiel, el hincha común.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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Miles de hinchas argentinos llegan a Kansas City sin entradas y se enfrentan a precios de reventa desorbitados. El sueño mundialista se convierte en un lujo inalcanzable, generando indignación entre los seguidores.
La megalomanía de la FIFA no tiene límites: precios dinámicos, estacionamiento a cientos de dólares y ganancias en el mercado secundario. Infantino minimiza las críticas, pero se están sentando las bases de una nueva y preocupante realidad para el deporte.
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