
La impecable cortesía japonesa vuelve a robarse el show en el Mundial 2026
Mientras los seguidores del equipo Samurai Blue recogen la basura de las gradas tras cada partido, una tradición que se remonta a Francia 98, otras sedes como México enfrentan gradas vacías y desinterés local.
El gesto ya es tan esperado como los goles: al término del empate 2-2 entre Japón y Países Bajos en Dallas, los aficionados japoneses desplegaron sus bolsas azules y se dedicaron a recoger meticulosamente botellas, envoltorios y vasos abandonados en las tribunas. La FIFA no tardó en elogiar públicamente esta conducta cívica, subrayando que los seguidores del Samurai Blue siempre dejan los estadios más limpios de lo que los encontraron. La escena, captada por múltiples cámaras y difundida globalmente, volvió a convertir un gesto cotidiano en un fenómeno viral que trasciende lo deportivo.
Desde la óptica de Tokio, este comportamiento no es una estrategia de relaciones públicas, sino la expresión natural de un principio cultural profundamente arraigado. Medios italianos recuerdan el proverbio «Tatsu tori ato wo nigosazu» —un pájaro no deja rastro al marcharse—, que ilustra la educación en la limpieza que reciben los japoneses desde la infancia. Esa misma filosofía se extiende a los vestuarios, donde los jugadores de la selección y de clubes locales suelen dejar el espacio impecable y, en ocasiones, figuras de origami como muestra de agradecimiento. La tradición en los estadios mundialistas se remonta a Francia 1998, y desde entonces se ha repetido en cada cita cuatrienal, independientemente del resultado del equipo.
Sin embargo, el fervor mundialista no es uniforme en todas las latitudes. Analistas en Ciudad de México observan que, mientras los japoneses acaparaban elogios en Texas, el mismo partido se proyectó en el Estadio Alfonso Lastras ante gradas prácticamente desiertas. La escasa asistencia y el mal estado del césped reflejan una desconexión de la afición local con encuentros que no involucran al Tri, un contraste que subraya las distintas culturas del espectador en las tres naciones anfitrionas. Desde Japón, algunos analistas añaden que el fervor futbolero interno compite hoy con el auge del béisbol, impulsado por figuras como Shohei Ohtani, pero la tradición de limpieza se mantiene inalterable incluso cuando el entusiasmo por el torneo no alcanza cotas pasadas.
Este hábito, que la FIFA califica de «comportamiento cívico ejemplar», trasciende la competición y ofrece una lección de responsabilidad colectiva. A medida que avance el Mundial, es probable que las imágenes de los hinchas japoneses recogiendo basura vuelvan a aparecer en cada una de sus sedes, desde Vancouver hasta Guadalajara, consolidando un legado de respeto que, desde la óptica europea y latinoamericana, interpela a otras hinchadas a replantearse su relación con el espacio público. En un torneo marcado por la pasión y el espectáculo, Japón ya ha ganado su primer partido fuera del campo.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El ritual de los aficionados japoneses de limpiar los estadios tras los partidos, ganen o pierdan, se presenta como una práctica cultural única. Llevan bolsas de basura azules y recogen los desechos, ganándose la admiración mundial. La narrativa subraya la constancia y el carácter voluntario de esta tradición.
Mientras los aficionados japoneses continúan su tradición de limpiar los estadios y mostrar excelentes modales, el entusiasmo por la selección nacional es moderado en este Mundial. La percibida falta de competitividad del equipo y el ascenso de estrellas del béisbol como Ohtani han desviado la atención. El ritual de limpieza permanece, pero la emoción deportiva no es tan intensa.
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