
Hungría blinda su democracia: reforma constitucional impide el regreso de Orbán al poder
El Parlamento húngaro, con mayoría de Tisza, limita a ocho años el mandato del primer ministro con efecto retroactivo, cerrando el paso al exlíder iliberal.
El Parlamento de Hungría aprobó el lunes una enmienda constitucional que limita a un máximo de ocho años —consecutivos o no— el ejercicio del cargo de primer ministro, una medida diseñada para impedir que Viktor Orbán vuelva a gobernar el país. Con 135 votos a favor, 50 en contra y seis abstenciones, la nueva mayoría de dos tercios del partido Tisza, liderado por el actual jefe de Gobierno Péter Magyar, cumplió así una de sus promesas electorales centrales. La reforma tiene carácter retroactivo: contabiliza los mandatos desde 1990, lo que inhabilita de forma permanente a Orbán, quien dirigió Hungría durante dieciséis años ininterrumpidos y fue reelegido líder de su formación Fidesz apenas unos días antes de la votación. Los diputados de Fidesz se opusieron en bloque, pero la aritmética parlamentaria surgida de las elecciones de abril selló la primera gran derrota institucional del antiguo régimen.
La enmienda no solo acota el poder ejecutivo, sino que desmonta piezas clave del entramado iliberal construido por Orbán. El texto elimina la protección constitucional de la llamada Oficina de Protección de la Soberanía, un organismo creado por el anterior gobierno para investigar a personas, organizaciones y medios considerados amenazas a la “identidad constitucional” del país. Magyar, que ya había revertido la salida de Hungría de la Corte Penal Internacional y alcanzado un entendimiento con el alcalde de Budapest sobre la marcha del Orgullo, presenta esta ofensiva legislativa como un antídoto contra la concentración de poder. “Un poder ilimitado siempre acaba, en cualquier sistema democrático, por perder todo sentido de la realidad”, argumentó al presentar la reforma. Desde Bruselas, la decisión se interpreta como una señal de normalización democrática tras años de tensiones con las instituciones europeas por el deterioro del Estado de derecho.
La operación húngara resuena más allá del continente. Observadores en Ankara recuerdan que la derrota electoral de Orbán demostró que incluso un autócrata que reescribe las reglas a su favor puede ser desalojado, un espejo incómodo para el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, quien tras veintitrés años en el poder recurre a maniobras judiciales para debilitar a la oposición. En América Latina, donde varios países han adoptado límites a la reelección para frenar caudillismos —México con su principio de no reelección presidencial, Colombia con periodos únicos o la alternancia forzada en Costa Rica—, la reforma magiar se lee como un eco de la misma lógica institucional: blindar la alternancia antes de que el carisma personal capture el Estado.
El camino hacia la entrada en vigor no está exento de incertidumbre. La enmienda requiere la firma del presidente Tamás Sulyok, un jurista cercano al antiguo primer ministro, lo que introduce un compás de espera cargado de simbolismo. Analistas en Budapest advierten que Magyar, pese a su discurso de regeneración, está utilizando el mismo instrumento que Orbán empleó para reescribir la Constitución en quince ocasiones: una mayoría de dos tercios que permite modificar la ley fundamental sin necesidad de referéndum. La paradoja es evidente: se limita el poder absoluto con las herramientas que el propio poder absoluto legó. Con todo, la reforma envía un mensaje nítido a una Hungría que busca pasar página: la era de los mandatos vitalicios ha quedado constitucionalmente clausurada.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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El parlamento húngaro aprobó una enmienda constitucional que limita el mandato del primer ministro a ocho años, impidiendo de hecho el regreso de Viktor Orbán. La medida fue adoptada por el nuevo gobierno liderado por Peter Magyar, quien desplazó a Orbán tras 16 años en el poder y cuenta con una mayoría de dos tercios.
El parlamento húngaro aprobó por abrumadora mayoría una enmienda constitucional que limita el mandato del primer ministro a ocho años, cumpliendo una promesa de campaña del primer ministro conservador y pro-UE Peter Magyar. La reforma impide el regreso del nacionalista Viktor Orbán, quien dirigió el país durante 16 años.
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