
Cuando el termómetro marca 42 grados y el ventilador se detiene
Un apagón súbito en el corazón de Teherán, bajo un calor que roza los récords históricos, revela la fragilidad cotidiana de una megaciudad frente a una ola de calor que abarca desde el Golfo Pérsico hasta las estribaciones de los Zagros.
El zumbido de los aires acondicionados se apagó de golpe poco después del mediodía del sábado en el cruce de las avenidas Valiasr y Qaem Maqam, en el centro de Teherán. En cuestión de segundos, el paisaje sonoro del barrio —esa respiración mecánica que envuelve la capital iraní cada verano— fue sustituido por un silencio denso, apenas roto por el arranque esporádico de algún generador. Durante más de cuatro horas, miles de hogares y comercios quedaron suspendidos en una burbuja de calor seco, con el termómetro oficial rozando los 42 grados centígrados y el asfalto devolviendo una temperatura bastante más alta. La compañía distribuidora de electricidad de Teherán explicó más tarde que un fallo técnico en una de las líneas de suministro, provocado por la sobrecarga en esa zona, había originado el apagón. Para entonces, la experiencia de la inmovilidad forzosa bajo el sol de la tarde ya se había repetido, con variantes, en otros puntos de la ciudad.
Ese mismo día, la ola de calor no era un asunto exclusivo de la capital. En la provincia de Juzestán, la ciudad de Dehloran encabezaba la lista de los lugares más cálidos del planeta con una temperatura que superó los 49 grados, seguida de cerca por Bostán, Ahvaz y Omidiyeh, todas en la misma región petrolera del suroeste. Ocho ciudades iraníes figuraban entre las quince más tórridas del mundo, según los registros que circularon en la prensa local. Mientras tanto, en la provincia de Chahar Mahal y Bajtiarí, la ciudad de Shahrekord amanecía a 11 grados, un contraste de casi 40 grados que dibuja en un solo país la silueta de una geografía extrema. En las laderas orientales de los montes Zagros, el calor no llegaba solo: venía acompañado de nubes de polvo que reducían la visibilidad y teñían el cielo de un ocre pálido, un fenómeno que los meteorólogos describen ya no como una anomalía sino como un huésped estacional de la región.
Desde la óptica de los gestores de la red eléctrica, la ecuación es tan simple como despiadada: a mayor temperatura, mayor consumo de sistemas de refrigeración; a mayor consumo, mayor riesgo de fallos en una infraestructura que, según datos oficiales, pierde alrededor del 13% de la electricidad generada en las líneas de transmisión y distribución. El director de la compañía eléctrica de Mashhad, la segunda ciudad del país, confirmó que ese mismo fin de semana se había batido el récord de demanda al superar los 2.000 megavatios, y advirtió que, sin una reducción voluntaria del consumo doméstico, los cortes programados serían inevitables. En Teherán, el mensaje fue similar: la empresa distribuidora pidió a los ciudadanos que mantuvieran los termostatos en 25 grados y evitaran el uso de electrodomésticos de alto consumo en las horas pico. La petición, sin embargo, llegaba después de que el propio director de la empresa nacional de electricidad hubiera admitido públicamente que “no podemos pasar el verano sin cortes de luz”.
Para millones de iraníes, la convivencia con el apagón intermitente se ha convertido en un ritual estival tan predecible como el calendario de la canícula. En los barrios del este de Teherán, otro incidente técnico en una subestación dejó sin suministro a una parte de la población durante la misma jornada, según informó la compañía regional. Las autoridades locales activaron avisos por viento fuerte en las zonas oeste y sur de la provincia, con rachas que podían alcanzar intensidad severa al atardecer y que amenazaban con dañar tendidos eléctricos ya sometidos a una tensión extrema. En los mercados, los vendedores de hielo y agua fría hacían su agosto en julio, mientras las familias que podían permitírselo se refugiaban en los centros comerciales o aplazaban las compras hasta la noche, cuando la brisa —si llegaba— aliviaba apenas unos grados la temperatura ambiente.
Al caer la tarde del sábado, el suministro se restableció en la mayoría de las zonas afectadas y la red volvió a un estado que los técnicos calificaron de “estable”. Pero en las aceras de Valiasr, donde los plátanos de sombra proyectaban una penumbra insuficiente, quedaba flotando la misma pregunta que regresa cada verano: cuánto tiempo más podrá soportar la ciudad un pulso en el que el mercurio sube un poco más cada año y los transformadores envejecen un poco más cada día. A unos mil kilómetros al sur, en las mismas horas, los habitantes de Ahvaz se preparaban para rozar los 49 grados al día siguiente, mientras en las montañas de Shahrekord alguien cerraba la ventana para que no entrara el frío de la madrugada.
| Prensa iraní y afín | 0.00 | neutral |
|---|---|---|
| Prensa atlántica / anglosfera | −0.70 | critical |
| Prensa del Golfo árabe | 0.00 | neutral |
Irán advierte a la población: vientos fuertes y polvo en camino, sigan las instrucciones.
La repetición de boletines técnicos y la ausencia de críticas crean la impresión de una gestión ordinaria y competente de la emergencia.
No menciona los cortes de electricidad en Teherán, que aparecen en el bloque atlántico.
Los ciudadanos de Teherán sufren apagones injustificados mientras el gobierno guarda silencio.
El artículo contrasta el sufrimiento concreto de la población con el silencio de las instituciones, creando un contraste moral.
No contextualiza la ola de calor con las alertas meteorológicas oficiales, que están detalladas en el bloque iraní.
Los Emiratos Árabes Unidos anuncian: mañana buen tiempo, temperaturas altas pero normales.
Presentar temperaturas altas como parte de un boletín de rutina normaliza el calor extremo, evitando cualquier alarmismo.
No hace ninguna referencia a las condiciones climáticas extremas en Irán o a los apagones, aislando su propio contexto.
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