
Cuando el cuento y la ley compiten por el alma de la familia
De las noches de narración oral en Yakarta a los foros jurídicos de San Petersburgo, dos sociedades ensayan respuestas muy distintas a una misma inquietud: el vacío que dejan las pantallas y los vínculos no formalizados.
En la penumbra de un dormitorio en Yakarta, un padre apagaba la luz y, sin libro alguno, empezaba a mezclar leyendas de Java con criaturas inventadas sobre la marcha. Sus hijos, recuerda, pedían cada noche una historia distinta; él improvisaba fábulas donde lo importante no era la trama sino el valor que quedaba flotando en el aire antes del sueño. Ese padre es hoy el ministro de Cultura de Indonesia, Fadli Zon, y su evocación no es un simple recuerdo familiar: es la pieza central de una campaña oficial para devolver la tradición oral a los hogares del archipiélago.
La escena condensa un diagnóstico que recorre el sudeste asiático. Según datos del Ministerio de Población y Desarrollo Familiar, uno de cada cuatro niños indonesios crece sin una figura paterna presente, un fenómeno que las autoridades denominan fatherless y que no siempre responde a la ausencia física sino a la desconexión cotidiana. El ministro Wihaji, responsable de esa cartera, ha impulsado el programa GEMAR —Gerakan Ayah Mengambil Rapor, o Movimiento de Padres que Recogen las Notas— para que los hombres se involucren en la educación de sus hijos. En sus visitas a escuelas de Yogyakarta, Wihaji no habla de obligación legal sino de una necesidad casi sensorial: “Los niños extrañan no solo el dinero, también el contacto psicológico”, dijo, mientras advertía que, si los padres no conversan con sus hijos, serán los teléfonos inteligentes quienes ocupen ese lugar.
Esa misma preocupación por el vacío relacional adopta un lenguaje radicalmente distinto en Rusia. Durante el Foro Jurídico Internacional de San Petersburgo, el viceministro de Justicia, Vadim Balanin, calificó la convivencia sin matrimonio registrado como una “amenaza directa a la seguridad nacional”. La declaración, que se inscribe en una ofensiva del Kremlin por reforzar los llamados valores tradicionales, fue secundada por otros participantes: el ministro de Justicia, Konstantín Chuienko, cuestionó la primacía constitucional de los derechos individuales, y el empresario Konstantín Maloféyev propuso revisar el capítulo de la Carta Magna dedicado a las libertades. En el mismo foro, un sacerdote ortodoxo sugirió que el derecho al aborto contradice la Constitución, y un muftí reivindicó la tradición jurídica islámica como fuente de inspiración para el ordenamiento ruso.
Analistas en Moscú interpretan estas intervenciones no como exabruptos aislados sino como la maduración de un giro ideológico que vincula demografía, derecho y moral. La tasa de fecundidad rusa, de 1,4 hijos por mujer, está muy por debajo del reemplazo generacional, y el gobierno ha respondido con medidas que van desde la prohibición de la “propaganda antihijos” hasta la derivación de mujeres sin deseo de maternidad a terapia psicológica. Sin embargo, la diputada Tatiana Butskaya, vicepresidenta del comité de familia de la Duma, matizó que no se persigue a quienes conviven sin casarse, sino que se busca fortalecer la institución matrimonial como pilar demográfico. La diferencia con Indonesia es elocuente: mientras en Yakarta se apela a la memoria de los cuentos y al gesto de un padre que recoge las calificaciones escolares, en San Petersburgo se blande el código legal y la enmienda constitucional.
En el trasfondo de ambas estrategias late una misma paradoja. Indonesia, que también enfrenta una alta incidencia de matrimonios no registrados —el ministro Wihaji los vincula con un mayor riesgo de desnutrición crónica infantil—, opta por la pedagogía y la tradición oral como herramientas de cohesión. Fadli Zon insiste en que los relatos populares son “alimento espiritual” y que su resurgimiento en certámenes como el Gala Cerita Rakyat 2026 demuestra que la necesidad de narrar y escuchar no ha muerto. Rusia, en cambio, codifica la intimidad en términos de soberanía. La imagen final no es un dormitorio en penumbra sino un estrado donde un funcionario explica que la pareja no casada pone en riesgo el futuro del Estado. Dos modos de responder a la misma pregunta sobre qué sostiene a una comunidad cuando la pantalla se apaga.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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En Indonesia, los ministros instan a los padres a retomar los cuentos antes de dormir y a los papás a estar más presentes, enmarcando estas prácticas como alimento espiritual para el desarrollo emocional y cognitivo de los niños. El Estado también vincula los matrimonios no registrados con un mayor riesgo de desnutrición crónica, promoviendo estructuras familiares formales como medida de salud pública. La alta participación en un festival nacional de cuentos populares se cita como prueba de que la tradición oral perdura en la era digital.
Funcionarios rusos sostienen que la convivencia sin matrimonio representa una amenaza para la seguridad nacional por su impacto en la demografía y la estabilidad familiar. El Estado impulsa el refuerzo del matrimonio tradicional como pilar del orden social, y los legisladores enmarcan el asunto como una cuestión de supervivencia nacional. La alarma demográfica se vincula directamente con las tasas de divorcio y las uniones no registradas.
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