
Conectividad digital sin precedentes en Arabia Saudita, mientras crece la desconfianza global hacia la inteligencia artificial
El 98% de los establecimientos saudíes tiene internet y los pagos electrónicos se disparan en Omán, pero estudios en Jordania, Brasil y Suecia revelan una brecha de confianza que amenaza la adopción plena de la IA.
En el corazón de la transformación digital de Oriente Medio, Arabia Saudita alcanza un hito: el 98,1% de sus establecimientos cuenta con conexión activa a internet y el uso de inteligencia artificial en el sector empresarial se disparó un 20% en el último año, según cifras oficiales. Este salto se acompaña de una masiva adopción de servicios de gobierno electrónico, que llega al 93,2%, y de banca digital, empleada por casi ocho de cada diez empresas. A pocos kilómetros, en Omán, los pagos electrónicos locales experimentan un auge igualmente vertiginoso: las transacciones a través de pasarelas de pago suman 3.200 millones de riales omaníes, un crecimiento interanual del 76,3%, mientras los pagos con código QR se disparan un 133,5%, consolidando la estrategia Visión 2040 del sultanato.
Sin embargo, la velocidad de esta digitalización contrasta con una creciente desconfianza ciudadana registrada en múltiples latitudes. En Jordania, un estudio revela que si bien el 80% de los consumidores utiliza herramientas de inteligencia artificial para comprar, apenas el 16% confía en un agente automatizado para completar el pago. Ocho de cada diez han adquirido productos directamente por redes sociales, pero la mitad de quienes sufrieron estafas señalan que ocurrió en esos mismos canales. Desde São Paulo, una encuesta indica que el 84% de los brasileños valora más los contenidos creados por personas que las imágenes generadas por IA, un dato que golpea la credibilidad de las campañas automatizadas y refuerza el papel de los influencers humanos.
El escepticismo también tiene rostro juvenil y político en el norte de Europa. En Suecia, casi siete de cada diez jóvenes temen que la inteligencia artificial les dificulte el acceso al empleo, mientras el debate sobre el uso de software de análisis masivo de datos por parte de la policía ha puesto sobre la mesa la urgencia de que la política tome las riendas de una tecnología que afecta derechos fundamentales. Paralelamente, el 82% de los jordanos se declara preocupado por la vulnerabilidad de los menores ante estafas en línea, y el 63% reclama alertas automáticas cuando una transacción resulte sospechosa, evidenciando una demanda común de mecanismos de protección más allá de la responsabilidad individual.
La paradoja es evidente: los beneficios inmediatos de la IA —rapidez, productividad, personalización— superan con creces el recelo, impulsando una adopción masiva, pero los cimientos de esa nueva economía digital no se sostendrán sin confianza. Analistas en Oriente Medio advierten que la infraestructura de conectividad debe acompañarse de marcos regulatorios sólidos y alfabetización digital ciudadana. Mientras Gobiernos como el saudí y omaní aceleran sus agendas de transformación, la experiencia latinoamericana y europea recuerda que el valor de lo humano —la autenticidad del creador, la transparencia del algoritmo, la garantía del empleo digno— será la moneda fuerte del futuro digital. El tren de la IA no se detendrá, pero su descarrilamiento se evitará solo si la confianza viaja en la cabina del conductor.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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La transformación digital en el Golfo está casi completa, con internet omnipresente y un auge de los pagos electrónicos; sin embargo, la confianza se resquebraja, en especial cuando la IA interviene en las compras y aumentan las estafas en redes sociales, lo que genera una demanda de protección más amplia, más allá de la responsabilidad individual.
En la Europa nórdica, la iluminación digital esconde un déficit de confianza: los ciudadanos comparten entusiastas datos íntimos con los asistentes de IA, pero la creciente inquietud impulsa exigencias políticas para recuperar la soberanía frente a las tecnológicas extranjeras, recordando la temeridad de los primeros años de las redes sociales.
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