
China despliega su estrategia de inteligencia artificial y sacude los equilibrios tecnológicos e industriales globales
El nuevo modelo abierto Kimi K3, la consolidación de alianzas con el Sur Global y la crisis de Volkswagen revelan un tablero donde el software y la producción avanzada se convierten en vectores de influencia.
La presentación del modelo de inteligencia artificial Kimi K3 por la empresa china Moonshot AI, apenas días después del impacto de DeepSeek, ha provocado un nuevo vuelco en los mercados tecnológicos. Las acciones de Silicon Valley se desplomaron mientras el servicio, de código abierto y gratuito, colapsaba por exceso de demanda. Este episodio no es aislado: según analistas en Pekín, la acelerada secuencia de lanzamientos confirma que China privilegia una estrategia de plataformas antes que el desarrollo de productos cerrados, apoyándose en la destilación —la transferencia de conocimiento de modelos grandes a versiones ligeras y eficientes— y en la publicación abierta de sus sistemas más avanzados.
Detrás de ese dinamismo opera un andamiaje de capital estatal que, según datos recogidos en Shanghái, financia más del 90 % de los compromisos en el mercado de capital privado chino. Esta red de fondos nacionales y locales, impulsada desde la cúpula del Partido Comunista para “invertir temprano, pequeño y en tecnologías duras”, diluye la frontera entre política pública y capital de riesgo. La apuesta, subrayan círculos industriales en Guangdong, es convertir los modelos chinos en el estándar global, un camino que recuerda al de Android o Linux, donde el valor se desplaza del producto al ecosistema.
Esa ambición se manifiesta también en la diplomacia tecnológica. La reciente creación de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial con sede en Shanghái y la firma de Brasil como miembro fundador ilustran la ofensiva china para fijar reglas de gobernanza desde las instituciones. Observadores en Nueva Delhi advierten que Pekín pasa de exportar infraestructura a disputar normativas y estándares. Mientras tanto, Brasilia se debate: adhirió a un foro internacional sin haber aprobado aún su propio marco legal de IA, cuyo proyecto espera informe en la Cámara de Diputados desde marzo pasado, y carece de una estrategia que negocie contrapartidas tecnológicas a cambio de sus recursos naturales y energéticos.
El envés industrial de este avance chino se mide en la crisis del fabricante alemán Volkswagen. Su beneficio neto cayó un 32,9 % en el segundo trimestre por el desplome de las ventas en China y la presión de los productores locales. La dirección baraja suprimir hasta 100.000 empleos a escala mundial y cerrar cuatro plantas en Alemania después de 2030, lo que ha abierto un frente con los sindicatos y el estado federado de Baja Sajonia, accionista de la compañía. Mientras Europa debate aranceles y salvaguardas, la velocidad dual de la economía china —exportaciones robustas frente a un consumo interno deprimido por la crisis inmobiliaria— alimenta la sobrecapacidad global. La próxima reunión del consejo de supervisión de Volkswagen en septiembre, donde se discutirán los ajustes definitivos, será un indicador de cómo Occidente gestiona el reequilibrio de fuerzas.
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