
Bancos centrales de Suecia y Australia congelan sus tasas, pero la inflación acecha
El Riksbank mantiene el tipo en el 1,75% pese al repunte de precios, mientras el RBA pausa en el 4,35% tras tres alzas consecutivas y advierte que podría endurecer su política.
En un contexto global de desaceleración y presiones inflacionarias divergentes, dos bancos centrales de extremos opuestos del espectro de tipos de interés decidieron esta semana mantener el statu quo. Desde Estocolmo, el Riksbank sueco dejó su tasa de referencia en el 1,75%, la segunda más baja de Europa solo por detrás de Suiza, en una decisión que no sorprendió a los mercados. Sin embargo, la calma es aparente: la inflación subyacente en el país nórdico ha comenzado a repuntar con fuerza, y el estatal Instituto de Coyuntura ya proyecta que el banco central se verá obligado a iniciar una serie de subidas durante el otoño de 2026 o a principios de 2027. La combinación de una economía débil, alto desempleo y precios que despiertan coloca al Riksbank en una posición incómoda, donde la ventana para mantener el estímulo podría cerrarse antes de lo previsto.
Al otro lado del mundo, el Banco de la Reserva de Australia (RBA) también optó por una pausa, pero en un entorno de tipos mucho más elevados. La institución mantuvo la tasa oficial en el 4,35% tras tres incrementos consecutivos a principios de año que añadieron cerca de 300 dólares australianos mensuales a una hipoteca media de 600.000 dólares. La decisión, ampliamente anticipada, fue calificada por analistas en Sídney como una «pausa restrictiva»: el comunicado subrayó que la inflación sigue siendo demasiado alta y que el banco central está dispuesto a «hacer lo que considere necesario», incluyendo nuevas subidas, para reconducirla hacia la meta. Aunque la economía muestra signos de enfriamiento y el desempleo comienza a repuntar, la junta del RBA juzgó que la demanda aún debe moderarse más para aliviar las tensiones sobre los precios.
La reacción de los mercados financieros australianos reveló un escepticismo creciente sobre la determinación del banco central. Tras la comparecencia de la gobernadora, la probabilidad implícita de otra subida antes de fin de año cayó del 62% al 50%, y los operadores de bonos empezaron a asignar una posibilidad del 20% a un recorte de tipos hacia finales de 2026. En el sector inmobiliario de Canberra, los agentes interpretaron la pausa como una señal positiva: los compradores, mayoritariamente ocupantes y no inversores, tienden a paralizarse durante los ciclos de alzas consecutivas y regresan al mercado cuando perciben estabilidad en el costo del crédito, lo que podría insuflar cierto dinamismo en la capital australiana.
No obstante, los analistas advierten que la pausa australiana se asienta sobre cimientos frágiles. La persistencia de la inflación —el IPC subió un 4,2% interanual— y el hecho de que muchas empresas estén trasladando sus mayores costos a los precios finales mantienen vivo el riesgo de una espiral. Aunque el aparente fin del conflicto en Irán podría contener el alza de las materias primas hacia finales de año, buena parte de la presión inflacionaria ya está incorporada a la cadena de suministro. Por ello, el RBA se aferra a un compás de espera que, desde la óptica de analistas en Melbourne, responde más a la incertidumbre que a una convicción de que la batalla está ganada. En el norte de Europa, el dilema es simétrico pero con tipos excepcionalmente bajos: Suecia no puede relajar su política sin arriesgar un sobrecalentamiento, mientras Australia no puede endurecerla más sin agravar la desaceleración. Ambos bancos centrales, pese a la distancia que separa sus tasas, comparten ahora un mismo gesto de cautela forzada.
Cómo la misma historia se cuenta en otros lugares.
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La decisión del banco central australiano de mantener las tasas es recibida con escepticismo, pues los comentaristas sostienen que se necesitaba audacia para domar una inflación persistente. La pausa alivia temporalmente a los prestatarios, pero el mensaje de fondo advierte que aún podrían requerirse más ajustes, y la cautela del banco podría agravar la desaceleración económica y el descontento político.
El banco central sueco mantendrá su tasa de referencia en el 1,75%, beneficiándose de una de las inflaciones más bajas de Europa. Pero un reciente repunte de las presiones sobre los precios ensombrece el panorama y plantea el riesgo de una subida de tipos en plena campaña electoral, lo que añadiría fricciones políticas a la política monetaria.
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